Yo no sé muchas cosas, es verdad.
Digo tan sólo lo que he visto.
Y he visto:
Que los gritos de angustia del hombre los ahogan con cuentos…
Que el llanto del hombre lo taponan con cuentos…
Que los huesos del hombre los entierran con cuentos…
Y el miedo del hombre
Ha inventado todos los cuentos.
Yo sé muy pocas cosas, es verdad.
Pero me he dormido con todos los cuentos…
Y sé todos los cuentos.

LEON FELIPE (1884)

Temas

Enlaces

NOS VIGILAN...

20071207031248-duende.jpeg

Surgió una luz verde, vaporosa, como el calor que asciende del suelo cuando respira la Tierra. Debajo de la luz crecía un ser por momentos. Una criatura sin cabida en cualquier lugar que no fuera en el que nos hallamos, la que cuenta y ustedes los que escuchan. Se preguntarán dónde se fueron sin marcharse de sus casas. Cuando alguien mueve las páginas de un libro, mueve los hilos de la imaginación y ahora es lo que cuenta: su ritmo al leer. Tras la explicación de la que cuenta, una servidora, seguiré con la criatura que los momentos de crecida le ayudaron a esperar nuestro retraso, por tantas explicaciones en este lío de ustedes y yo, la que cuenta, obviamente. La criatura que surgió de la luz verde, vaporosa tenía ídem color. Sin tinturas, era así de forma natural si podemos llamar natural a lo que en este mundo sería considerado sobrenatural. Las hojas de los árboles cuando no están secas y la hierba, cuando no está seca, son de color verde. Dicho color que no sé definir de otra forma, porque si fuera rojo se diría corinto o tal vez magenta, depende de la tonalidad. Lo llamo verde al verde que poco más puedo decir si es verde manzana, verde oscuro o verde monte, pero siempre con el sustantivo del color delante para no llevar a equivocaciones. Tras las explicaciones nos demoramos con el tamaño que alcanzó el ser, podría tratarse de la planta de las alcachofas, pero esas tienen algo de morado, así que pensemos en una acelga, aunque tienen algo de blanco, pues pensemos en un geranio que todavía no floreció y nos inunda el olor de sus hojas al movimiento tras la brisa, también ésta vaporosa. Espero que cuando la criatura hable, si tuviera cuerdas vocales, no nos eche de éste, su espacio que todavía no hemos sabido definir porque aquí vino usted con las zapatillas de casa y yo, la que cuenta, sin brújula o lo que sería más moderno sin un navegador por satélite, que las tecnologías también se impusieron de moda en estos cuentos, supuestos llenos de fantasía. De momento los sms los dejaremos a un lado hasta que el ser, que podría ser la cebada ya espigada decida hacer uso de la dicha tecnología humana.
Este lugar, el que nos ocupa parece frío, no parece sano, parece que no parece no obstante pensaremos que es un habitáculo, demos crédito a la ausencia de agorafobia y seamos los que no tenemos miedo de saber que este espacio no es más que parte del universo. Mejor lean a Isaac Asimov si quieren que les formen en esos conocimientos del saber científico. Es posible que ustedes se confundieran debido a la inminente presbicia y tomaron un libro de la repisa de arriba y tomaron el libro equivocado, vayan haciéndose a la idea. Sólo digo, que es una posibilidad, perdón por mi osadía. Prosigamos con lo verde, el ser y lo que no existe porque entonces nos engulle el tedio y hubiesen ustedes preferido no toparse con la verborrea, de la que cuenta, que ya nos empieza a resultar cargante, y lo digo yo que obviamente y si han seguido esta locura de texto desde el principio, es la que os habla. Ya tenemos el roce suficiente para dejar el ustedes e iniciar el tuteo en esta larga paranoia, de la que podéis salir con un plafff… un solo plafff. Pensarlo ahora que estáis en el principio de la historia, que todavía no sabemos de donde viene ni a donde va.

Deberemos ser valientes porque el ser se acerca a nosotros y no sabemos que perspectivas de vida tiene ese brote verde y si nos contagiará algo de su planeta, bueno de su espacio que no sabemos si se pudiera tratar de un alienígena. Entonces ya nos podríamos hacer una idea del tipo de historia, una de ciencia ficción, claramente. Pero, sólo pero, si el ser vino de dentro de la tierra, de algún hueco de alguna rupícola o bien nunca se fue sino que estuvo siempre en el habitáculo que bien podía ser un bosque, entonces hablaremos de un cuento de fantasía, novela o enciclopedia a este paso con brotes que corretean en las repisas de su librería y que nos esconden las zapatillas. Perdonar que se me fue el tuteo, ahora lo revierto en cordialidad con ese duende frondoso. Perdonar mi acusada miopía no traje gafas y no hay nada más absurdo que hacer una descripción sin vislumbrar lo que se deja entrever. Con vuestra inminente presbicia y mi ya holgada miopía debemos hacer un pacto si no deseamos se nos pegue la enfermedad que porta el ser. En que historia pandémica acabo de meteros sin venir a cuento, el cuento del ser verde no es mucoso pero mi hipocondría torna ahora al marrón de las hojas secas con el matiz morado de las berenjenas, digo de las alcachofas.
El ser verde se enfadó, ya no es vaporosa su luz, es opaca, pero dice no conocer a francisca. Perdón, chiste flojo y no es momento de gracias que aquí anda to dios enfadado por no saber hacia dónde se dirige esta historia. Ni yo misma, ni ustedes tuteados, ni el ser opaco que torna a verde oscuro.
Alguien le dijo al ser, ahora sólo traduzco lo que me comenta el duende vaporoso, sin literaturas ni opulencias, porque el lenguaje de un verde ser no se traduce como el chino o el finlandés. Los signos de interrogación, es decir, las preguntas y exclamaciones quedan reflejadas es gestos infantiles. Me dice el duende que pedalee, entonces entiendo que eso debe ser algo así como que me vaya de paseo, tanto aquí como en el resto del universo. Dice, ahora ya más calmado tras el inciso de varias páginas, que viene en son de paz, que clama al rey de los yerbajos para que nos engullan a vosotros y a mí, que con tanto querer saber ya hicimos que desatendiera el bicho verde sus obligaciones. Ahora me acaba de llamar gusano, eso lo traduzco también para hacer constar su falta de respeto, pues si le llamé bicho fue por desconocimiento de su nombre y no saber tutearle como a los que vinieron en pijama de sus casas.

Me llamo Andresito Pérez Núñez pa servirle a usted y a mi patrona la virgen de los dolores que nos ampare en este mundo diosito se lo pido...

Allí estaba aquel ser de color ya descrito de mil maneras, no era duende ni era bicho, ni usaba yerbajos, con o sin oficio ni beneficio se puso firme aquel ser. Y tenía cara de ser buena persona pero tan verde que no daba confianza, y su dialecto acompañado de modismos, que parecía salido de un anuncio de taquitos o burritos.

Me llamo Andresito Pérez Núñez y vengo de una galaxia cercana, sacrosanta galaxia, amorosos todos y oradores de la patria de nuestros ancestros que motivan la existencia de todos los nopalitos que habitamos allí...

Ahora no había quién le parase al ser, apodado Andresito, digo si el topónimo sería nopalito, nopalí, nopero o chumbera.

Me llamo Andresito Pérez Núñez (cargante el tipo sin duda) y no soy sordo porque en nuestra galaxia no existen los defectos, la genética se controla mediante clonación, así que más respeto por parte de la señora tostón que es la que cuenta y ustedes los que escuchan ahora les llegó el momento de escuchar al personaje y no a la narradora que hasta este momento no dijo nada y sólo mostró su daltonismo exacerbado tal vez por la edad.

¡Rediez! Intransigencia la de este salvaje camaleónico extraterrestre, que si saben de genética y son perfectos en cuanto a salud, creo que son cretinos y no lo digo sólo por sus modales sino también por el aspecto más de Las Urdes de antaño, que de una galaxia inteligente, y además muy religiosa. Eso huele a publicidad camuflada de algún evangelista extraviado. Tal vez los haya mandado el Bush para cometer algún nuevo atentado mientras nos despita la CIA con sus ardides.

Menos lobos señora pinche narradora, yo Soy Andresito...

Ya hijo, tómate una gaseosa y nos dejas descansar un rato porque entre mi daltonismo y tu manía de repetir el nombre creo se nos acaba el tiempo, el cuento y quién sabe si las ganas de contar o llega la hora de almorzar.Y por qué no, practicamos los que escuchan y la narradora, el canibalismo porque total los vegetarianos ni lo notarían. Distinguir una acelga de otra parlante no tiene mucho misterio, sólo si ésta última fuera portadora de una bomba y entonces se declara la invasión de estos andresitos cantamañanas perfectísimos, empaquetados en packs de seis. A buen precio, oiga señora y calentitos...

La señora narradora es una demente, no lo dice Andresito Pérez, lo dice también la comandancia de mi galaxia y de hecho venimos a advertirles que esta narradora, tal vez humana y demente, tal vez un burrito camuflado, es peligrosa. Por eso decidimos rescatarles de esta tediosa lectura, se equivocaron efectivamente de estantería. Las novelas de ficción son más arriba, este cuento que no debió estar en sus casas, no es más que un boceto de lo que un día podría ser las telarañas de la mente demente de la que escribe. Y esperamos que ustedes...

No les hables de ustedes que casi desde el inicio de este preciado cuento, nos tuteamos, ¡osobuco! que ya ni respeto tengo en mi propio rincón.

Y esperamos, en primera persona Andresito Pérez y la sacrosanta galaxia de la que venimos, amorosos y oradores todos, esta mujer no les haya importunado mucho. Somos el nuevo servicio de espionaje de la nueva inquisición intergaláctica y estamos haciendo nuestro trabajo. Ahora les damos las gracias, disculpen y traten de apartarse de tan barroca lectura que ni para dormir les servirá.



Sería una osadía, señor lector, ya sin tuteos, que escriba una historia en la que rescatan a una pobre mujer que quería escribir, de las fauces de un dragón apodado Santiaguito Ramirez pa comerles a ustedes y al que le acompañe...

Y si no, den recuerdos a los otros lectores y recen por mí tres avemarías, porque entre el punto de cruz y rezar en esta rudimentaria celda, prefiero que me venga la fe por si acaso en última instancia se pudieran apiadar de una servidora.

Mil gracias por adelantado.

07/12/2007 03:12 Autor: yolanda. #. Tema: humorirónico. Hay 4 comentarios.

SUBE LA MAREA

20070630043712-marina.jpg

Juan recordó a Andrés, en aquellas excursiones nocturnas, más bien escapadas en una triste adolescencia, ese pequeño púber le contaba historias que escuchaba a su hermano mayor. Con la misma sorpresa Juan escuchaba aquellas historias en boca de Andresito y las mantuvo activas en su mente hasta bien avanzada dicha adolescencia, etapa al final no tan triste tras obtener aquel regalo tan anhelado. Juan, inmerso en el autoplacer en las solitarias noches de sus 13 años, eyaculaba pensando si las mujeres harían lo mismo. No se refería a la autocomplacencia, que eso ya sabía que lo practicaban las menos mojigatas, si no a la existencia de la eyaculación femenina. Tanto le obsesionó el tema que en la biblioteca se ocultaba en las últimas estanterías carcomidas a las que la bibliotecaria nunca se acercaba por los estornudos que le suscitaba el penetrante serrín de los estantes. Por fin, en un antiguo libro de los quehaceres del sexo camuflado en las tapas de un atlas de anatomía, pudo leer y releer y memorizar que algunas mujeres, tan sólo algunas eyaculaban. Esas mujeres llegaban al clímax con una gran excitación y expulsaban flujos que salían de su uretra tal como el que orina con intensidad tras la ingesta de cantidades ingentes de líquido o la mujer que rompe aguas en el parto, o cuando en las angostas calles medievales arrojaban agua al grito de "agua va". Parece que no era común ni habitual, pero existía. Y Juan se maravilló con aquella quimera como si fuera el alquimista, en este caso tras la búsqueda del líquido del placer femenino, sin preciosos metales, sólo el líquido del goce de la diosa. Tuvo encuentros y más encuentros con muchachas ávidas del goce a las que siempre dejaba extasiadas. Pero Juan no quedaba contento, ninguna de ellas empapaba las sábanas y mucho menos toallas como leía una y otra vez en manuales de sexólogos experimentados. Todo era mentira, la eyaculación femenina no existía.

Ahora Juan recuerda aquellos momentos amateur, aquellos instantes ansiosos previos al clímax de la fémina con nostalgia, escenas tiernas que le dejan buen sabor de boca.
No le compadezcan a Juan porque al fin el destino le ayudó a descubrir su ansiada espera tras la angustiada búsqueda en alcobas.

No he dicho que Juan mantuviera una relación con su quimera, sólo pudo corroborarlo gracias a la obstinada perseverancia a lo James Stewart en La ventana indiscreta. Juan era un auténtico mirón, no podía evitar soñar con lo que otros hacían en sus casas hasta bien avanzada la madurez, digamos que siempre lo fue, pero eso lo proseguiremos en otra historia. La habitación de enfrente, de un patio interior en el mismo edificio correspondía a una diminuta mujer que con el tiempo y los anteojos pudo comprobar que se trataba de una oriental. No sabía si china, japonesa o vietnamita porque la horizontalidad de los rabillos del ojo era un detalle que se le escapaba. No obstante, el cabello oscuro, la tez pálida y aquellos pechos aniñados con un pubis imberbe, se habían declarado como una lolita asiática. No entraba en sus fantasías eróticas una Madame Butterfly, pero no obstante aquella mujer tenía una vida solitaria y sin embargo una actividad sexual acelerada. Alguna vez Juan, dentro de su monotonía intento satisfacerse así mismo mientras la contemplaba con suma atención, pero vislumbraba aquella muchacha como un animal curioso. Una ventana convertida en televisor en la que emitían esa y todas las noches un documental sobre la vida sexual en la intimidad femenina. Y Juan miraba. Sus amigos le llamaban al teléfono una y otra vez para ir al cine, tomar copas, salir de viaje... Pero él se excusaba con mil dolores, porque sólo deseaba perecer delante de la ventana contemplando ya con obcecación aquella geisha hábil y diminuta.
La muchacha hacía siempre el mismo ritual con exactitud. Era una dama fetichista, con una casa llena de espejos por lo que se podría intuir cierto narcisismo que no era tal. La muchacha usaba los espejos como freno del avance de algo que no debo revelar en este párrafo. Y Juan miraba maravillado el evento. Aquella niña se colocaba en la cama tumbada y con las piernas abiertas y flexionadas, por supuesto que no hay que explicar que estaba desnuda. Exceptuando una cadena entorno a la cintura que portaba a su vez otra cadena más fina de la que colgaban tres bolas plateadas y al parecer ligeras por el manejo que tenía la muchacha con ellas, aunque bien podría ser del propio uso. Colocaba un espejo frente a ella y otros dos espejos laterales apoyados sobre la cama. Gracias que no se le ocurrió nunca colocar uno en el piecero de la cama donde colocaba su cabecita, si no Juan no habría descubierto nunca el motivo de su propia existencia.
El balanceo de las bolas plateadas se reflejaba en las aristas de los cristales, el espectro del goce, sutil juego. Juan miraba sin pudor, con las luces encendidas y la cena en la mesa, al borde de la ventana. El vouyer formaba parte del juego, Juan era imprescindible cuando se levantaba el telón. Las convulsiones llegaban, el balanceo inicial se transmitía como onda a la pelvis de la chinita y de ahí sus senos tenían un pequeño vaivén acorde al tamaño, estimulante para Juan. Sólo sentía el jadeo de sus labios, de todos los labios que tenía la asiática. Jadeo mudo, sonido imperceptible para cualquiera que no estuviera en la ventana de Juan. Y tras contornearse la hembra durante dilatados minutos, dilatadas también otras partes que no son del tiempo, Juan disfrutaba.
Se acercaba el momento, él lo sabía, juega con ventaja con los otros mirones cómplices que somos nosotros. Llegó al clímax, a ese momento que Juan nunca vivió de cerca y con ese espacio entre tendederos y cristales pudo contemplar tantas veces. Se inundaron las sábanas, el colchón, los espejos, el piso. Era una subida de marea con la llegada de la noche, con la venida de una hembra. Ese acto reconfortaba a Juan casi todos los días y aunque anhelaba tal quimera conseguida en la distancia, siempre sería el oculto cómplice. Nunca se atrevería a ir al descansillo del aposento de la oriental para ser partícipe entre los espejos del evento. Ahora se planteaba Juan si esa dama era virgen, si alguna vez algún osado muchacho colocó su cuerpo entre los espejos sin saber cuál era el juego. Pero la dama era una mujer cándida y tranquila que a pesar de lo orquestado por las noches, nunca podría hacer mal alguno. Era pura sin duda alguna y así sería. Juan quería preservar su vida y por eso no se acercó nunca a la asiática, pero de alguna forma sólo vivía para contemplarla, allí también hallaba su muerte, todos los días un poco.

YRB







30/06/2007 04:39 Autor: yolanda. #. Tema: erótico-místico. Hay 7 comentarios.





Blog creado con Blogia. Derechos de autor con . Estadísticas. Suscribir RSS. Admin.
Blogia apoya a la Fundación Josep Carreras contra la leucemia y el Iniciador Zaragoza (networking entre emprendedores).