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Cajón de sastre de enfermera con tiempo libre

DE LA MUERTE

DE LA MUERTE

 

 “…Y a su despecho y maldiciendo al cielo,

De ella apartó su mano Montemar,

Y temerario alzándola  su velo,

Tirando de él la descubrió la faz.

¡Es su esposo!, los ecos retumbaron,

¡La esposa al fin que su consorte halló!

Los espectros con júbilo gritaron:

¡Es el esposo de su eterno amor!

Y ella entonces gritó: ¡Mi esposo! Y era

(¡desengaño fatal!, ¡triste verdad!)

Una sórdida, horrible calavera,

La blanca dama del gallardo andar…”

(El estudiante de salamanca, José de Espronceda)

Dicen los conocedores del mundo feérico que  La Mano Blanca es una fata cruel, de las pocas hadas malévolas que existen. Quien la roce apenas el cabello, morirá. Esa dama puede ser la muerte versionada en hada.  El oráculo de las hadas da a entender que existe La Dama Oscura. La guardiana de los seres no natos, guarda las esperanzas embrionarias que todavía no sabemos que tenemos. Esa dama oscura es la que atraviesa con nosotros la noche de los finales y de la muerte. Nos enseña a rendirnos y camina a nuestro lado en la penumbra de la otra orilla hasta conseguir en el atisbo la llave de nuestro miedo. Es por eso que no nos vamos de la faz de la tierra, permanecemos adormecidos por miedo a encontrarnos en el purgatorio dantesco con la clave de la existencia. Quedarnos anclados en nuestro lamento no es la opción acertada, tal vez…pero no somos capaces de salir del laberinto. Mejor lo conocido aunque tedioso que lo desconocido tal vez maquiavélico, tal vez amoroso... Sutil la danza entre ambos colores,  luz o ausencia de. La vida es la miscelánea  de los matices grises, espectros que anhelan la chispa de los natos, a veces de los muertos en vida. Espectros que de forma subrepticia osan robar cuerpos donde subsistir por miedo a lo desconocido. No fluir en el ascenso del que hablan los profetas que no volvieron. Es condición humana, por ser consciente, el miedo. Decía el estoico Epícteto: “no hay que tener miedo de la pobreza ni del destierro, ni de la cárcel, ni de la muerte. De lo que hay que tener miedo es del propio miedo”. El mero hecho de morir, es un acto frío. El  calor que te arropa en vida, por estar cerca de otros humanos, es un fútil ardid.  La esencia  del engaño es el fervor que nos arropa al vivir entre la supuesta multitud filantrópica. Al final del viaje sólo queda el temor, el silencio al partir, la soledad que alberga el tránsito hacia lo desconocido. Esa soledad no es más que el retiro. El desapego de las obsesiones innatas a cada uno de nosotros. En el funeral no se llora por el muerto, sino por el que se queda preso de sus ofuscaciones. Por uno mismo.

Iolanthe ©

DISPERSIONES DE UN LEVANTE CUALQUIERA

DISPERSIONES DE UN LEVANTE CUALQUIERA

Una mañana más se asoma el sol por los rascacielos de taitantos pisos, eso quiere decir que los domingueros vienen como los pastores a Belén. En fila india se asoman las sombrillas, ¡que miedo! vienen los cocodrilos. Parecen desgastados ya, el plástico de las colchonetas es lo que tiene. A esta civilización le quedan dos días, os lo digo yo.
Ya están aquí; ojala quemara yo que rabiara, ojala viniera el viento del norte y me enviara lejos hacia las calas, aunque pronto esos secuaces domingueros lo descubrirían y vendrían a por mí. No sé si es magnetismo lo que sienten esos urbanitas o es que disfrutan pisándome.
Y ahora el invento de las esculturas de arena. Parezco mortadelo, todo los días una parte de mi al lado del paseo marítimo. Todos mirándome con cara de tontos dependiendo de si soy Conan el Bárbaro o la Sofía Loren. Os confieso que disfruto cuando me transformo en Poseidón, ¿quién no fantasea alguna vez?
Echan unas míseras monedas a mis faldas, el escultor recoge el chiringuito y  marcha al burguer de la esquina.

 

Mañana ¿Dónde posaré?, ¿quién seré?, ¿saldrá el sol?, ¿exterminarán a los domingueros?

 

YRB

EL PRECIPICIO

EL PRECIPICIO

Loco que no desmemoriado, ni locuaz. Llaman loco al dueño de su vida. Exento de alegorías que recuerdan los surcos de la tierra labrada, de unas líneas, de unas calles que se cruzan para ocultarse en la rutina tras la verdad absoluta.

 

 

El abismo, el precipicio al que se asoma el loco con sus pertenencias al hombro, no es más que el vacío que alberga la angustia de no encontrar la dirección, el sentido, el lugar... Le acompaña un perro, confundo sabiduría y temor en su ladrido, aullido ahogado en el aliento del hastío.

 

 

El arcano sin número. Será la primera carta de la baraja. Será la última carta…pregúntaselo al mago del engaño. El tarot rellena las últimas páginas del periódico donde falsas rubias que se creen pitonisas, por la gracia de Satán, se anuncian para robarte el dinero.

 

 

El hombre sigue buscando, se lanzará al vacío del precipicio con sus míseras pertenencias, sin consentir ceder su quehacer al mundo, nefasto el momento de su llegada al pie del vacío. Somos virtuales, en las cartas me lo dijo aquella pitonisa y creemos que creamos, pero sólo somos sin existir.

 

 

La lucha acabó. Siento el viento en mis mejillas voy deprisa, me precipito en el llanto de la caída. Al abrir los ojos, vislumbro un perro que lame mi rostro. En su aliento respiro algo…eso era todo, perdí mi cayado allá arriba.

 

 

 

YRB

 

A DONDE IRAN LOS BESOS

A DONDE IRAN LOS BESOS

Allí a lo lejos aprecio la silueta de una nave abandonada. Cruzo la calle y poco a poco reconozco algo más. Una marquesina con obsoletos rótulos en neón. Esta lejos todavía, entorno los ojos (… la miopía, no tengo ojo avizor, no…) y puedo leer Talía, bonito nombre para un club de alterne. A trancos me acerco sin demora, por la gran curiosidad que me suscita el lugar, voy descubriendo poco a poco la fachada de aquel antro. La taquilla, sin cristalera, con una pequeña puerta y un alfeizar lo delata. La caja de los Lumiere en San Julián, ubicado allí, como las ruinas de una acrópolis. Inamovible ese espacio patagón  colmado de ilusiones improntas en el tiempo que vivieron como el mayor acontecimiento los niños, los enamorados, los ancianos… tan olvidado ahora.
El Talía frente a mí. Queda oculta  la puerta por unos viejos  andamios que a saber cuantos años llevan ahí. La puerta entreabierta, sólo se muestra un resquicio de luz. Fugaces mis pensamientos, atisbo a ambos lados, intuyo sombras. Subrepticiamente me deslizo cual felino entre las oxidadas vigas y me cuelo en el aforo del cine.
Butacas amontonadas al fondo, cerca de una pantalla cubierta por las famélicas faldas de un telón, como de los de antes. Por la luz trémula que aborda el cine me choco con el respaldo de una butaca. La número 56, ¡vaya! que aforo grande tenía este cine, dicha butaca se localizaba en el cuadrante izquierdo de la sala, por lo menos debería llegar a 300 asientos. Esta butaca intacta por el tiempo, con el terciopelo de la tapicería de color Burdeos. Eso quiero pensar, seguramente era de color rojo geranio, o aún mejor de color carmesí. Como aquellos labios de las actrices en las películas en blanco y negro coloreadas a posteriori. Labios que hipnotizaban en el transcurso del film, de Bette Davis en “Eva al desnudo”, Rita Hayworth en “Gilda”, Anita Ekberg en  “Dolce vita”…
Ahora sentada aquí a solas frente a la gran pantalla me siento Mia Farrow, en aquella película “La rosa púrpura del cairo”. La escena en la que  el protagonista vestido de explorador sale de la pantalla para interrogarme por ir allí al cine todos los días a ver la película. El personaje cansado de la vida superficial del celuloide y de tantas proyecciones salta de la pantalla y se fuga con la eterna espectadora.
Sigo ahora con los ojos entornados, podría estar allí indefinidamente, se respira quietud.
 No llega el momento de la puesta en marcha de  la moviola. Suspiro, en el aire se respiran sensaciones vividas aquí por varios lustros.
Ahora recuerdo “Cinema Paradiso”. Un cine como el  Talía en una aldea italiana. Un niño llamado Toto comparte el amor por las películas con su amigo Alfredo, el operador del cine. Se asemeja a mi amigo Hílmar, aquí en San Julián, con su ilusión por esta gran terapia y escuela que es el celuloide. Recuerdo el momento en que Toto descubre aquella cinta en la que aparecen todos los besos censurados de las películas proyectadas en aquella aldea.
A donde irán esos besos, como dice Víctor Manuel en su canción:

A donde irán los besos
Que  guardamos,
Que no damos,
Bailando con la orquesta
Prometimos no olvidarlos
….
En ese momento se abre la puerta y entra alguien. Me levanto de la butaca y contemplo la silueta de alguien que no puede ser más que él. Negroviejo (mi amigo Hílmar) se acerca con una tenue sonrisa en sus labios y comprendo que sé cual es el destino de mi beso.

 

GRIS,LA VIDA ES GRIS

GRIS,LA VIDA ES GRIS

¡Será weón el pibe! Se me sienta al lado el adolescente éste y luego, de puro inquieto salta del asiento y me pide permiso para hacerme una foto. A mi, con esta cara horrenda y ya senil, seguro que quiere mostrar la foto en algún programa televisivo de jodas. El chilenito de mierda no sabe que soy un puto gallego instalado en la Argentina y que vine de paso por acá. El yerno del Abundio que vive en Santiago hace ya más de veinte años casco sólo hace tres días de un infarto, cuando estaba cogiéndose a la vecina. A estas edades yo sólo me conformo con atinar al orinar en la taza y no hacérmelo en los pantalones. Valiente gilipollas el pibe, y a mi que me importa un cojón el hombre éste.  Lo hago por el  Abundio, éramos íntimos allá en la piel de toro, emborrachándonos con ribeiro las tardes de los sábados en la pulpería de Santiago, pero de Compostela que conste, por los viejos tiempos será…

No podría el mierda este de los pelos largos enfocar a la flaca de atrás, esa que vi antes que tiene unas buenas lolas, a la que invité con la mirada para dejarle un sitito, pero nada, quien se va a querer sentar al lado de un viejo. Alguien que se encuentre extenuado de tanto laburar todo el día y no haya sitio en  todo el vagón, o el macaco este de las narices haciendo fotos del metro, pendejo. Seguro que no me pide la dirección para enviarme la foto, con lo bonito que es el abrigo que llevo hoy, de color gris. El caso es que si fuera el retrato en blanco y negro lo mismo daría. Gris, como la vida es gris.

YRB

UNA TARDE EN EL FARO DE MONCLOA

UNA TARDE EN EL FARO DE MONCLOA

 

 La Eusebia mujer madura ya con 47 años, depresiva en tratamiento, decide subir al faro de Moncloa para suicidarse. La moza, porque todavía era moza que no conocía varón alguno, vivía en Panzarriba, provincia de Lacogorza; ella siempre dijo que era de la capital. Tomó el ascensor y una vez arriba pudo observar la ausencia de puertas y salidas de emergencia visibles. Sólo grandes ventanales de cristales blindados y una panorámica de Madrid que le traía sin cuidado. Vaya tres euros peor gastados, inútiles, pensaba la Eusebia. Tomó de nuevo el ascensor y quiso descender hasta el infierno, por esta vez tuvo que conformarse con salir a la calle y sentarse en un banco.
Pensaba en lo duro que podría estar el suelo, y como quedarían sus carnes flácidas en el asfalto. Esta vez daba gracias a dios por no llevar a cabo su autolisis, si no habría hecho el ridículo hasta la muerte y encima no se había cambiado de muda, llevaba esas bragas de cuello vuelto, más viejas que la Sara Montiel. Que vergüenza si hubiera llegado a la UVI sin poder mediar palabra para comunicar que esas no eran sus mejores bragas.
Habían sido 47 años carentes de eventos y en tan sólo unos días de su insulsa vida transcurrieron circunstancias jamás vividas en su Panzarriba natal.
La Eusebia
prestó más de 17 años de servicios como asistenta doméstica, por domesticar ni siquiera lo consiguió con las cucarachas de los baños de aquel edificio, mole de cuyo nombre la Eusebia prefería no acordarse. Llevaba ya más de 9 años en paro, parada de larga duración así constaba en su tarjeta del INEM. En su historial médico quedaba registrado como diagnóstico “depresión mayor”, de año y medio de evolución en tratamiento con prozac.
Para la Eusebia todo tenía que ser grande, en su nombre lo llevaba, se llamaba Eusebia Grandes Lolas. Ella nunca supo la connotación de “lolas”, se habría muerto sin necesidad de precipitarse por un faro. 
Todo empezó cuando la Juani, única amiga o similar de la Eusebia, motivó a ésta para que entrara en un cibercafé. La Juani era un espécimen autóctono, mejor especificar endémico de Panzarriba. Otra parada de larga duración, también doméstica y como la solitaria, que aparte de estar más sola que la una era más larga que un día sin pan. Por eso se quedó soltera, los mozicos de su pueblo paticortos todos ellos no querían formar parte del llavero de la Juani, definitivamente la dejaron de lado cuando se lanzó al mercado el súper producto denominado “tamagochi”. La muchacha se había echado un cibernovio, que asustó a la Eusebia cuando vio la foto; era más negro que el carbón de las glorias del pueblo y tomaba el café con Dios, por los metros que tenía el hombre de largo. Claro que todo lo tenía grande el negrito, que era de Kenia, tránsfuga de una tribu en extinción. Se llamaba Toctumbumbotiri, pero se quedó en Bumbo para facilitar el chateo, aunque la Juani era una bruta, nunca se quedó con los nombres y le llamaba Bimbo, la muy bruja cuando miraba su miembro viril, que lo aumentaba varias pantallas con el Photo Shop decía que estaba como el pan, rico, rico.
Un día Bimbo llegó a Panzarriba, no precisamente con Iberia. Desembarcó en Almería, no precisamente de un ferry, eso sí la patera en la que vino admitía la media pensión y visa. Buscó a la Juani en el único cibercafé del pueblo que se llamaba “los chat@s”, nunca destacó Panzarriba por la originalidad de los oriundos, pero eran muy limpios, de eso estaban orgullosos. Nada más verlo la Juani se echó las manos a la cabeza, le parecía muy negro y su obsesión en unos cuantos meses fue lavarlo con piedra pómez y jabón lagarto para aclararlo, es que ya dije antes que eran muy limpios los panzarribanos. El caso es que se casaron y se fueron de luna de miel a la provincia de al lado Zampamelotodo, de primera elección en los viajes de novios panzarribanos. Antes de marcharse la Juani le dio a su amiga unas semillas mágicas que había traído Bimbo, perteneciente a los chamanes de su tribu. Decía la Juani, con otro tono de voz, seguro que de los polvos que echó con el negro se le aflautó, aunque con tal instrumento no le extrañaba a la Eusebia, bueno pues decía la Juani que con sólo tomarte una de esas semillas se hallaba lo anhelado. La Eusebia, un tanto escéptica ante la mierda de vida que tenía no creía en castillos en el aire, por no hacer un feo a su amiga del hígado, quise decir del alma, se lo agradeció mucho y las guardó en el frasco del pimentón. Con las hemorroides que padecía hacía años que no usaba el pimentón, no le molestaría allí la ponzoña esa zulú.
Llego el momento de lanzarse. Presentía que ese día conocería a su amor. En caso de no ser así se lanzaría directamente al vacío. Entró al Chat@s para iniciar su idilio con algún varón de entrega absoluta y poca cordura, todo le daba igual. La Juani no estaba, ella sólo conocía el chateo de vinos. Dos muchachos estaban muy afanados delante de uno de los ordenadores y cuando la Eusebia se acercó para pedirles ayuda con esto del Internet, los chavales salieron corriendo espantados. Sorprendida por la carrera de los niños se acercó a la pantalla que dejaron encendida y para su suerte, vio como se desplazaban continuamente las letras, eso lo conocía por la Juani, era un chat. Se sentó y observó la pantalla, hipnotizada con pánico por interactuar con los allí parlantes que escribían sonidos onomatopéyicos extraños como smuacssss, ciao :D :_C, etc. La Eusebia quiso teclear algo pero rápidamente le pidieron un alias, ella sabía por la Juani que el ordenador se refería a un mote. Sólo se le ocurrió su primer apellido, que en el pueblo lo llevaba todo dios, muy apreciado por ella, porque el segundo apellido nunca lo entendió.
Escribió “Grandes”, temblorosa no daba una en el teclado, trató de saludar a los personajes de aquel chat. En la parte superior ponía algo así como rocco_si_freddi, ese era el nombre del salón. Entabló conversación con alguien que debía ser gracioso porque todo el mundo acto seguido empezó a colocar repetidos “ja”.        La Eusebia que no había estudiado mucho pero que era muy inteligente dedujo que al colocar un “ja” detrás de otro “ja” y así sucesivamente significaba que la gente se reía a carcajadas. Ella era muy inocente, no había conocido mozo alguno, que todavía era ella moza. Aquel individuo se llamaba “Macías_Pajas”. Cada vez que hablaban se intercalaban los nombres y ese descubrimiento por parte de los chateros fue todo un acontecimiento. Ajena a todo eso la Eusebia entabló una conversación de lo más amena con aquel muchacho, él interrogaba a la Eusebia con preguntas raras y con cierta ansiedad, pero a ella no le importaba, estaba delante de una pantalla con sus mechas de 7 centímetros de raíz, sin sujetador y sus flácidos pechos hasta la cintura, una batita floreada de entretiempo y unas zapatillas de estar por casa de rizo, eso sí muy presumida ella, los estampados en rosita chicle. Los complementos no eran del Corte Inglés precisamente, que los chinos tenían unos bolsos a 5 euros monísimos .Llevaban un paraguas en el lateral y una funda de móvil. Quedaba muy a juego aunque la Eusebia no tenía teléfono y nunca llovía en Panzarriba, pero había que modernizarse.
En una de las líneas de la conversación, en ese momento se dio cuenta que necesitaba gafas de cerca, no veía nada. El muchacho le dijo que si entendía y ella pensaba que este hombre parecía un poco torpe, ella era española y le hablaban en castellano, ¡como no entenderle!. Más tarde apreció la Eusebia, porque no tenía estudios pero era ávida para entender, que el muchacho dominaba los idiomas, porque le habló del francés y del turco. Hombre joven, guapo e inteligente, le empezaban a temblar las piernas a la pobre mujer, porque además él la quería como era al natural ya que le decía reiteradamente que le gustaban los cuerpos hirsutos, con mucho vello. Ahí la Eusebia ya se relajó, recordaba el día que fue al zoo y un bebé gorila fue corriendo a su encuentro y la abrazó como si fuera su mamá.
Deseaba encontrase con ese hombre cuanto antes y así se lo propuso. El “Macías_pajas” y “Grandes” tendrían una cita a ciegas, su primera cita a ciegas que si era prolifera podría llegar a boda. EL chico le dijo como colofón que desde el principio de la conversación intuía que “Grandes” controlaba el tema. La Eusebia se ruborizó, ella que nunca había chateado por una pantalla y ya controlaba el tema, cuando los únicos temas que había visto en su vida eran los del colegio en la EGB, que ya ni existía.
Llegó la mañana siguiente, la Eusebia no había dormido en toda la noche pensando en su “Macías_Pajas” nunca desvelaron los nombres pero en aquel encuentro se conocerían a fondo y acabaría en boda la cosa, que la Eusebia también sabía intuir muy bien. Como el muchacho la quería como era, al natural, no fue a la peluquería, que era la Juani la que normalmente le arreglaba las mechas y estaba en Zampamelotodo con el zulú de los cojones, nunca mejor dicho. La Eusebia todavía tenía sus dudas sobre si el hombre venía del mono, en su caso desde luego que sí, pero el Bimbo podría proceder del elefante sin problemas, por la trompa. En ese momento le llegó a la mente las semillas que guardó en el pimentón y fue a la cocina para ver si no habían desaparecido por arte de magia. Allí estaban, coloradas por la especia, no importaban las almorranas por esta vez, se tomó las semillas llenas de pimentón.
Tubo que marchar a la capital para quedar con aquel maromo, la Eusebia iba muchas veces y se sentía una conciudadana más, andaba por las calles como si estuviera en su natal Panzarriba. Habían quedado en un bar, cerca de un barrio, detrás de la Gran Vía llamado Chueca. El bar tenía un nombre extraño, se lo apuntó en un papel que olía a pescado que mataba porque en el Chat@s, no tenían nada donde apuntar y tomó el papel de envolver las sardinas. Como estaba tan nerviosa se limpio el sudor de la frente y el aroma llegó a embriagar al ciego de la ONCE de la esquina de Fuencarral con la Gran Vía, que la llenó de halagos y le dije que estaba muy calentito y aludió a un conejo. La Eusebia pensó que el pobre hombre antes de la desgracia de quedarse en ese estado fue pollero y estaba recordado su oficio, se emocionó, ella era muy sufrida que veía siempre el programa de “Sucedió en Madrid” para confraternizarse con los desgraciados.   
Por fin estaba delante del bar aquel, parecía elegante, leyó el letrero “ OSOS AMOROSOS”. El letrero luminoso de neón presentaba en los extremos la cara de dos hombres calvos. La Eusebia estaba muy sorprendida pero tenía que entrar, era su última oportunidad.  El local era muy oscuro, parecía un antro vacío con sillones que le recordaban a la Eusebia a una exposición que vio en Barcelona sobre la tortura en la inquisición. Le dio un escalofrío por la cintura y rápidamente se acercó a la barra a pedir una coca cola y despejarse un poco.
 Allí estaba la Eusebia, como si se hubiera comprado la entrada en el parque de atracciones para la casa del terror. En caso de no estar allí se hubiera aburrido viendo la televisión a la sobremesa, todas esas mariconas que hablan de la prensa amarilla, todas esas mujeres perfectas y siliconadas que rebotaban al caerse al suelo. Ellas no sabían lo que era el ciberamor con un buen “Macías_Pajas”.
La espera era una desesperación, la coca cola se convirtió en dos y luego en tres y después en cuatro. No llegaba aquel hombre, se pudo echar atrás, demasiadas emociones en dos días.
La Eusebia
sintió una comezón en las tripas, no era ese gusanillo insidioso del amor, no. Entre las burbujas del archiconocido refresco, que me niego a nombrar de nuevo, y las semillas del amor se organizó un cóctel monotoff de órdago en los intestinos de La Eusebia. Como la mujercita no encontrara un baño rápido podría confundirse el sifonazo con una nueva expansión de los universos.
No era momento de hacer una ficha al individuo aquel, éste iba en cueros, que no desnudo sino encuerado. Lo que más le atrajo a La Eusebia del hombre fue su calva reluciente, le era familiar porque le recordaba al suelo de su casa, y eso le acercaba a su tierra natal Panzarriba de donde nunca debió salir. Durante todo el tiempo de espera en la barra La Eusebia, por el rabillo del ojo observaba al camarero, con cierto disimulo pudo ver como este personaje estaba pegado a la pantalla de un portátil, otro asiduo del chat pensó ella. Pero era un ser extraño, a la vez que supuestamente chateaba, miraba recurrentemente hacia la salida del local, con gesto de ansiedad, consultando una y otra vez el reloj que portaba en la muñeca izquierda. En el momento que decidió acercarse al hombre para preguntarle por el baño, este salió de la barra y a trancos salió por la puerta, como un oso en cautiverio paseó calle arriba, calle abajo, una y otra vez. El muchacho tenía un buen culo, pero La Eusebia en este momento no podía pensar en agujeros, sólo en cerrar los dos propios longitudinalmente opuestos no fuera que uno de los dos se abriera a destiempo.
Lo que no podía entender era su instinto gatuno, una curiosidad tal la que le carcomía por dentro de tal forma que se acercó a la pantalla. En ese momento se activó el salvapantallas del pc y en letras grandes de color rojo sobre fondo verde se movía a modo de marquesina una frase “¿Qué maricón del barrio sirve mejor las copas?” a la que sucedió otra marquesina portando la respuesta. En ese momento La Eusebia al leer la siguiente pantalla se mareo. El corazón saltó de su pecho, no sentía las piernas y lo que es peor, su culo simuló la erupción del Vesubio. Simulaban las semillas con lo gaseoso del refresco cola unos fuegos artificiales acompañados con sonoros efluvios. Amenizó el local con una coprofiesta, portando un reguerillo que no tenía fin entre las piernas, de color barrizal, por no ser más escatológica la descripción. Con lo limpia que era La Eusebia, de Panzarriba nada menos. Ya nada le importaba, había tenido a Macías_Pajas delante de ella toda la tarde, era el maricón que mejor servías las copas del barrio y se había cagado del susto.
La Eusebia se marchó volando de allí, tan ágil como la situación lo permitía ya que el suelo estaba algo resbaladizo, por lo del volcán. En la calle hacia arriba se encontró con el maricapajas con el que no medió palabra. El camarero la ignoró, ya que esperaba a su maricón, hirsuto y buen entendedor, pero al roce con aquella vieja tubo que taparse la nariz por el olor hediondo que dejó como una estela. Lo único que obtuvo La Eusebia de la espera fueron los refrescos gratis. A veces el optimismo de esta mujer era inoportuno.
Al día siguiente de lo sucedido La Eusebia fue a media tarde al Faro de la Moncloa.
El resto ya lo saben ustedes. Realmente todo no lo saben. La Eusebia después del fallido intento y de reflexionar en el banco se levantó y se dirigió al cibercafé más cercano. Esta vez sería sincera, más todavía si cabe. Nada de apellidos vulgares como nick, esta vez se llamaría simplemente “LAEUSEBIADE47AÑOSOLTERAENTERAYCASADERA”, entrando al canal “los_desesperados”

YRB

CUENTO NIVAL

CUENTO NIVAL

Dicen los ancianos del lugar, que un buen día, el zorro del pantano, emergió de las aguas. Se convirtió en oso y siguió el rumbo de la estrella polar. Allí, en el polo, maravillado de la quietud que le abordaba, soñó despierto y sus lágrimas fueron cristales al rodar por el gélido hielo que cubría el suelo. Cuentan también que la lechuza nival, ciega por el dolor de partir hacia la soledad, tomó aquellos hermosos cristales, los puso en las cuencas de sus ojos e iluminaron su vida. Y no sólo eso, porque al izar el vuelo iluminó el cielo con tal gama de colores en movimiento, que lo llamaron aurora boreal.

Encuentro del Totem

Encuentro del Totem

La primera vez que pude contemplar mi cuerpo lívido sobre el hielo ártico.

Mi sueño languidecía cuando se tornaba la noche trémula en llantos de almas inquietas. Vagaban los etéreos cuerpos de aqueste llano solitario, diáfano de calor humano. Sólo el llanto de otro tiempo y desiertas eras poblaban el inhóspito lugar. Acallaba mi mente con el anhelo de una falsa realidad, no es más que el duermevela, me decía. Un mal sueño del que no conseguía despertar.

Ebria mi alma y mi cuerpo de dolor, tal vez en el astral, sólo tal vez, yacía mi cuerpo en tan desolada llanura. La incertidumbre se desvaneció. Sentí correr por el costado un hilo de fuego, que no era más que mi calor humano, mi elixir. Poco a poco recobré mi mente, la cordura por un nimio lapso de tiempo tuvo su lugar en el abismo vertiginoso de lo que era, en ese instante mi vida, fugaz lucero, opaco latir…

Ahora, sólo ahora soy consciente de la cruel escena que aconteció en aquella lejana morada hace unas horas, unos días, unos…tengo frío y mi mente parece pétrea, mi cuerpo no responde a las órdenes, los brazos rígidos como témpanos de hielo, tengo miedo. La sangre sólo arde ya en mi pecho.

Entre la escarcha brinda unas desnudas huellas el frío viento del norte. Límpido el sonido del aire, susurro que nubla la mente fue mi luz en este instante. Un oso polar fue el motivo de mi saeta.

Fiero animal que no dudó en avanzar hacia mi silueta en aquella invernal noche y rasgar con sus pezuñas mis ropas, mi piel y mi alma. Que rabia la mía por no saber el motivo del ataque, no era yo su enemigo, no tiene adversarios este animal en tierras tan… Calla, me vino a la mente aquel día, cerca de la hoguera del lar de la anciana bruja del Somontano, donde al mirarme a los ojos me dijo: tu tótem es el de un zorro ártico.

El viento se aquietó, mi ira se fugó a llanto y más tarde fueron aullidos ahogados.

Ya llega; irisaciones entrelazadas de violetas, verdes y amarillos en el cielo. Ya recuerdo, a eso vine aquí. A volar como un ánima junto a la estrella polar. Me esperan en su armoniosa danza de los fuegos del zorro. Por fin me encuentro, la primera vez que muero.

Autor: iolanthe (YRB)