Blogia

Cajón de sastre de enfermera con tiempo libre

DISPERSIONES DE UN LEVANTE CUALQUIERA

DISPERSIONES DE UN LEVANTE CUALQUIERA

Una mañana más se asoma el sol por los rascacielos de taitantos pisos, eso quiere decir que los domingueros vienen como los pastores a Belén. En fila india se asoman las sombrillas, ¡que miedo! vienen los cocodrilos. Parecen desgastados ya, el plástico de las colchonetas es lo que tiene. A esta civilización le quedan dos días, os lo digo yo.
Ya están aquí; ojala quemara yo que rabiara, ojala viniera el viento del norte y me enviara lejos hacia las calas, aunque pronto esos secuaces domingueros lo descubrirían y vendrían a por mí. No sé si es magnetismo lo que sienten esos urbanitas o es que disfrutan pisándome.
Y ahora el invento de las esculturas de arena. Parezco mortadelo, todo los días una parte de mi al lado del paseo marítimo. Todos mirándome con cara de tontos dependiendo de si soy Conan el Bárbaro o la Sofía Loren. Os confieso que disfruto cuando me transformo en Poseidón, ¿quién no fantasea alguna vez?
Echan unas míseras monedas a mis faldas, el escultor recoge el chiringuito y  marcha al burguer de la esquina.

 

Mañana ¿Dónde posaré?, ¿quién seré?, ¿saldrá el sol?, ¿exterminarán a los domingueros?

 

YRB

¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres

EL PRECIPICIO

EL PRECIPICIO

Loco que no desmemoriado, ni locuaz. Llaman loco al dueño de su vida. Exento de alegorías que recuerdan los surcos de la tierra labrada, de unas líneas, de unas calles que se cruzan para ocultarse en la rutina tras la verdad absoluta.

 

 

El abismo, el precipicio al que se asoma el loco con sus pertenencias al hombro, no es más que el vacío que alberga la angustia de no encontrar la dirección, el sentido, el lugar... Le acompaña un perro, confundo sabiduría y temor en su ladrido, aullido ahogado en el aliento del hastío.

 

 

El arcano sin número. Será la primera carta de la baraja. Será la última carta…pregúntaselo al mago del engaño. El tarot rellena las últimas páginas del periódico donde falsas rubias que se creen pitonisas, por la gracia de Satán, se anuncian para robarte el dinero.

 

 

El hombre sigue buscando, se lanzará al vacío del precipicio con sus míseras pertenencias, sin consentir ceder su quehacer al mundo, nefasto el momento de su llegada al pie del vacío. Somos virtuales, en las cartas me lo dijo aquella pitonisa y creemos que creamos, pero sólo somos sin existir.

 

 

La lucha acabó. Siento el viento en mis mejillas voy deprisa, me precipito en el llanto de la caída. Al abrir los ojos, vislumbro un perro que lame mi rostro. En su aliento respiro algo…eso era todo, perdí mi cayado allá arriba.

 

 

 

YRB

 

A DONDE IRAN LOS BESOS

A DONDE IRAN LOS BESOS

Allí a lo lejos aprecio la silueta de una nave abandonada. Cruzo la calle y poco a poco reconozco algo más. Una marquesina con obsoletos rótulos en neón. Esta lejos todavía, entorno los ojos (… la miopía, no tengo ojo avizor, no…) y puedo leer Talía, bonito nombre para un club de alterne. A trancos me acerco sin demora, por la gran curiosidad que me suscita el lugar, voy descubriendo poco a poco la fachada de aquel antro. La taquilla, sin cristalera, con una pequeña puerta y un alfeizar lo delata. La caja de los Lumiere en San Julián, ubicado allí, como las ruinas de una acrópolis. Inamovible ese espacio patagón  colmado de ilusiones improntas en el tiempo que vivieron como el mayor acontecimiento los niños, los enamorados, los ancianos… tan olvidado ahora.
El Talía frente a mí. Queda oculta  la puerta por unos viejos  andamios que a saber cuantos años llevan ahí. La puerta entreabierta, sólo se muestra un resquicio de luz. Fugaces mis pensamientos, atisbo a ambos lados, intuyo sombras. Subrepticiamente me deslizo cual felino entre las oxidadas vigas y me cuelo en el aforo del cine.
Butacas amontonadas al fondo, cerca de una pantalla cubierta por las famélicas faldas de un telón, como de los de antes. Por la luz trémula que aborda el cine me choco con el respaldo de una butaca. La número 56, ¡vaya! que aforo grande tenía este cine, dicha butaca se localizaba en el cuadrante izquierdo de la sala, por lo menos debería llegar a 300 asientos. Esta butaca intacta por el tiempo, con el terciopelo de la tapicería de color Burdeos. Eso quiero pensar, seguramente era de color rojo geranio, o aún mejor de color carmesí. Como aquellos labios de las actrices en las películas en blanco y negro coloreadas a posteriori. Labios que hipnotizaban en el transcurso del film, de Bette Davis en “Eva al desnudo”, Rita Hayworth en “Gilda”, Anita Ekberg en  “Dolce vita”…
Ahora sentada aquí a solas frente a la gran pantalla me siento Mia Farrow, en aquella película “La rosa púrpura del cairo”. La escena en la que  el protagonista vestido de explorador sale de la pantalla para interrogarme por ir allí al cine todos los días a ver la película. El personaje cansado de la vida superficial del celuloide y de tantas proyecciones salta de la pantalla y se fuga con la eterna espectadora.
Sigo ahora con los ojos entornados, podría estar allí indefinidamente, se respira quietud.
 No llega el momento de la puesta en marcha de  la moviola. Suspiro, en el aire se respiran sensaciones vividas aquí por varios lustros.
Ahora recuerdo “Cinema Paradiso”. Un cine como el  Talía en una aldea italiana. Un niño llamado Toto comparte el amor por las películas con su amigo Alfredo, el operador del cine. Se asemeja a mi amigo Hílmar, aquí en San Julián, con su ilusión por esta gran terapia y escuela que es el celuloide. Recuerdo el momento en que Toto descubre aquella cinta en la que aparecen todos los besos censurados de las películas proyectadas en aquella aldea.
A donde irán esos besos, como dice Víctor Manuel en su canción:

A donde irán los besos
Que  guardamos,
Que no damos,
Bailando con la orquesta
Prometimos no olvidarlos
….
En ese momento se abre la puerta y entra alguien. Me levanto de la butaca y contemplo la silueta de alguien que no puede ser más que él. Negroviejo (mi amigo Hílmar) se acerca con una tenue sonrisa en sus labios y comprendo que sé cual es el destino de mi beso.

 

GRIS,LA VIDA ES GRIS

GRIS,LA VIDA ES GRIS

¡Será weón el pibe! Se me sienta al lado el adolescente éste y luego, de puro inquieto salta del asiento y me pide permiso para hacerme una foto. A mi, con esta cara horrenda y ya senil, seguro que quiere mostrar la foto en algún programa televisivo de jodas. El chilenito de mierda no sabe que soy un puto gallego instalado en la Argentina y que vine de paso por acá. El yerno del Abundio que vive en Santiago hace ya más de veinte años casco sólo hace tres días de un infarto, cuando estaba cogiéndose a la vecina. A estas edades yo sólo me conformo con atinar al orinar en la taza y no hacérmelo en los pantalones. Valiente gilipollas el pibe, y a mi que me importa un cojón el hombre éste.  Lo hago por el  Abundio, éramos íntimos allá en la piel de toro, emborrachándonos con ribeiro las tardes de los sábados en la pulpería de Santiago, pero de Compostela que conste, por los viejos tiempos será…

No podría el mierda este de los pelos largos enfocar a la flaca de atrás, esa que vi antes que tiene unas buenas lolas, a la que invité con la mirada para dejarle un sitito, pero nada, quien se va a querer sentar al lado de un viejo. Alguien que se encuentre extenuado de tanto laburar todo el día y no haya sitio en  todo el vagón, o el macaco este de las narices haciendo fotos del metro, pendejo. Seguro que no me pide la dirección para enviarme la foto, con lo bonito que es el abrigo que llevo hoy, de color gris. El caso es que si fuera el retrato en blanco y negro lo mismo daría. Gris, como la vida es gris.

YRB

UNA TARDE EN EL FARO DE MONCLOA

UNA TARDE EN EL FARO DE MONCLOA

 

 La Eusebia mujer madura ya con 47 años, depresiva en tratamiento, decide subir al faro de Moncloa para suicidarse. La moza, porque todavía era moza que no conocía varón alguno, vivía en Panzarriba, provincia de Lacogorza; ella siempre dijo que era de la capital. Tomó el ascensor y una vez arriba pudo observar la ausencia de puertas y salidas de emergencia visibles. Sólo grandes ventanales de cristales blindados y una panorámica de Madrid que le traía sin cuidado. Vaya tres euros peor gastados, inútiles, pensaba la Eusebia. Tomó de nuevo el ascensor y quiso descender hasta el infierno, por esta vez tuvo que conformarse con salir a la calle y sentarse en un banco.
Pensaba en lo duro que podría estar el suelo, y como quedarían sus carnes flácidas en el asfalto. Esta vez daba gracias a dios por no llevar a cabo su autolisis, si no habría hecho el ridículo hasta la muerte y encima no se había cambiado de muda, llevaba esas bragas de cuello vuelto, más viejas que la Sara Montiel. Que vergüenza si hubiera llegado a la UVI sin poder mediar palabra para comunicar que esas no eran sus mejores bragas.
Habían sido 47 años carentes de eventos y en tan sólo unos días de su insulsa vida transcurrieron circunstancias jamás vividas en su Panzarriba natal.
La Eusebia
prestó más de 17 años de servicios como asistenta doméstica, por domesticar ni siquiera lo consiguió con las cucarachas de los baños de aquel edificio, mole de cuyo nombre la Eusebia prefería no acordarse. Llevaba ya más de 9 años en paro, parada de larga duración así constaba en su tarjeta del INEM. En su historial médico quedaba registrado como diagnóstico “depresión mayor”, de año y medio de evolución en tratamiento con prozac.
Para la Eusebia todo tenía que ser grande, en su nombre lo llevaba, se llamaba Eusebia Grandes Lolas. Ella nunca supo la connotación de “lolas”, se habría muerto sin necesidad de precipitarse por un faro. 
Todo empezó cuando la Juani, única amiga o similar de la Eusebia, motivó a ésta para que entrara en un cibercafé. La Juani era un espécimen autóctono, mejor especificar endémico de Panzarriba. Otra parada de larga duración, también doméstica y como la solitaria, que aparte de estar más sola que la una era más larga que un día sin pan. Por eso se quedó soltera, los mozicos de su pueblo paticortos todos ellos no querían formar parte del llavero de la Juani, definitivamente la dejaron de lado cuando se lanzó al mercado el súper producto denominado “tamagochi”. La muchacha se había echado un cibernovio, que asustó a la Eusebia cuando vio la foto; era más negro que el carbón de las glorias del pueblo y tomaba el café con Dios, por los metros que tenía el hombre de largo. Claro que todo lo tenía grande el negrito, que era de Kenia, tránsfuga de una tribu en extinción. Se llamaba Toctumbumbotiri, pero se quedó en Bumbo para facilitar el chateo, aunque la Juani era una bruta, nunca se quedó con los nombres y le llamaba Bimbo, la muy bruja cuando miraba su miembro viril, que lo aumentaba varias pantallas con el Photo Shop decía que estaba como el pan, rico, rico.
Un día Bimbo llegó a Panzarriba, no precisamente con Iberia. Desembarcó en Almería, no precisamente de un ferry, eso sí la patera en la que vino admitía la media pensión y visa. Buscó a la Juani en el único cibercafé del pueblo que se llamaba “los chat@s”, nunca destacó Panzarriba por la originalidad de los oriundos, pero eran muy limpios, de eso estaban orgullosos. Nada más verlo la Juani se echó las manos a la cabeza, le parecía muy negro y su obsesión en unos cuantos meses fue lavarlo con piedra pómez y jabón lagarto para aclararlo, es que ya dije antes que eran muy limpios los panzarribanos. El caso es que se casaron y se fueron de luna de miel a la provincia de al lado Zampamelotodo, de primera elección en los viajes de novios panzarribanos. Antes de marcharse la Juani le dio a su amiga unas semillas mágicas que había traído Bimbo, perteneciente a los chamanes de su tribu. Decía la Juani, con otro tono de voz, seguro que de los polvos que echó con el negro se le aflautó, aunque con tal instrumento no le extrañaba a la Eusebia, bueno pues decía la Juani que con sólo tomarte una de esas semillas se hallaba lo anhelado. La Eusebia, un tanto escéptica ante la mierda de vida que tenía no creía en castillos en el aire, por no hacer un feo a su amiga del hígado, quise decir del alma, se lo agradeció mucho y las guardó en el frasco del pimentón. Con las hemorroides que padecía hacía años que no usaba el pimentón, no le molestaría allí la ponzoña esa zulú.
Llego el momento de lanzarse. Presentía que ese día conocería a su amor. En caso de no ser así se lanzaría directamente al vacío. Entró al Chat@s para iniciar su idilio con algún varón de entrega absoluta y poca cordura, todo le daba igual. La Juani no estaba, ella sólo conocía el chateo de vinos. Dos muchachos estaban muy afanados delante de uno de los ordenadores y cuando la Eusebia se acercó para pedirles ayuda con esto del Internet, los chavales salieron corriendo espantados. Sorprendida por la carrera de los niños se acercó a la pantalla que dejaron encendida y para su suerte, vio como se desplazaban continuamente las letras, eso lo conocía por la Juani, era un chat. Se sentó y observó la pantalla, hipnotizada con pánico por interactuar con los allí parlantes que escribían sonidos onomatopéyicos extraños como smuacssss, ciao :D :_C, etc. La Eusebia quiso teclear algo pero rápidamente le pidieron un alias, ella sabía por la Juani que el ordenador se refería a un mote. Sólo se le ocurrió su primer apellido, que en el pueblo lo llevaba todo dios, muy apreciado por ella, porque el segundo apellido nunca lo entendió.
Escribió “Grandes”, temblorosa no daba una en el teclado, trató de saludar a los personajes de aquel chat. En la parte superior ponía algo así como rocco_si_freddi, ese era el nombre del salón. Entabló conversación con alguien que debía ser gracioso porque todo el mundo acto seguido empezó a colocar repetidos “ja”.        La Eusebia que no había estudiado mucho pero que era muy inteligente dedujo que al colocar un “ja” detrás de otro “ja” y así sucesivamente significaba que la gente se reía a carcajadas. Ella era muy inocente, no había conocido mozo alguno, que todavía era ella moza. Aquel individuo se llamaba “Macías_Pajas”. Cada vez que hablaban se intercalaban los nombres y ese descubrimiento por parte de los chateros fue todo un acontecimiento. Ajena a todo eso la Eusebia entabló una conversación de lo más amena con aquel muchacho, él interrogaba a la Eusebia con preguntas raras y con cierta ansiedad, pero a ella no le importaba, estaba delante de una pantalla con sus mechas de 7 centímetros de raíz, sin sujetador y sus flácidos pechos hasta la cintura, una batita floreada de entretiempo y unas zapatillas de estar por casa de rizo, eso sí muy presumida ella, los estampados en rosita chicle. Los complementos no eran del Corte Inglés precisamente, que los chinos tenían unos bolsos a 5 euros monísimos .Llevaban un paraguas en el lateral y una funda de móvil. Quedaba muy a juego aunque la Eusebia no tenía teléfono y nunca llovía en Panzarriba, pero había que modernizarse.
En una de las líneas de la conversación, en ese momento se dio cuenta que necesitaba gafas de cerca, no veía nada. El muchacho le dijo que si entendía y ella pensaba que este hombre parecía un poco torpe, ella era española y le hablaban en castellano, ¡como no entenderle!. Más tarde apreció la Eusebia, porque no tenía estudios pero era ávida para entender, que el muchacho dominaba los idiomas, porque le habló del francés y del turco. Hombre joven, guapo e inteligente, le empezaban a temblar las piernas a la pobre mujer, porque además él la quería como era al natural ya que le decía reiteradamente que le gustaban los cuerpos hirsutos, con mucho vello. Ahí la Eusebia ya se relajó, recordaba el día que fue al zoo y un bebé gorila fue corriendo a su encuentro y la abrazó como si fuera su mamá.
Deseaba encontrase con ese hombre cuanto antes y así se lo propuso. El “Macías_pajas” y “Grandes” tendrían una cita a ciegas, su primera cita a ciegas que si era prolifera podría llegar a boda. EL chico le dijo como colofón que desde el principio de la conversación intuía que “Grandes” controlaba el tema. La Eusebia se ruborizó, ella que nunca había chateado por una pantalla y ya controlaba el tema, cuando los únicos temas que había visto en su vida eran los del colegio en la EGB, que ya ni existía.
Llegó la mañana siguiente, la Eusebia no había dormido en toda la noche pensando en su “Macías_Pajas” nunca desvelaron los nombres pero en aquel encuentro se conocerían a fondo y acabaría en boda la cosa, que la Eusebia también sabía intuir muy bien. Como el muchacho la quería como era, al natural, no fue a la peluquería, que era la Juani la que normalmente le arreglaba las mechas y estaba en Zampamelotodo con el zulú de los cojones, nunca mejor dicho. La Eusebia todavía tenía sus dudas sobre si el hombre venía del mono, en su caso desde luego que sí, pero el Bimbo podría proceder del elefante sin problemas, por la trompa. En ese momento le llegó a la mente las semillas que guardó en el pimentón y fue a la cocina para ver si no habían desaparecido por arte de magia. Allí estaban, coloradas por la especia, no importaban las almorranas por esta vez, se tomó las semillas llenas de pimentón.
Tubo que marchar a la capital para quedar con aquel maromo, la Eusebia iba muchas veces y se sentía una conciudadana más, andaba por las calles como si estuviera en su natal Panzarriba. Habían quedado en un bar, cerca de un barrio, detrás de la Gran Vía llamado Chueca. El bar tenía un nombre extraño, se lo apuntó en un papel que olía a pescado que mataba porque en el Chat@s, no tenían nada donde apuntar y tomó el papel de envolver las sardinas. Como estaba tan nerviosa se limpio el sudor de la frente y el aroma llegó a embriagar al ciego de la ONCE de la esquina de Fuencarral con la Gran Vía, que la llenó de halagos y le dije que estaba muy calentito y aludió a un conejo. La Eusebia pensó que el pobre hombre antes de la desgracia de quedarse en ese estado fue pollero y estaba recordado su oficio, se emocionó, ella era muy sufrida que veía siempre el programa de “Sucedió en Madrid” para confraternizarse con los desgraciados.   
Por fin estaba delante del bar aquel, parecía elegante, leyó el letrero “ OSOS AMOROSOS”. El letrero luminoso de neón presentaba en los extremos la cara de dos hombres calvos. La Eusebia estaba muy sorprendida pero tenía que entrar, era su última oportunidad.  El local era muy oscuro, parecía un antro vacío con sillones que le recordaban a la Eusebia a una exposición que vio en Barcelona sobre la tortura en la inquisición. Le dio un escalofrío por la cintura y rápidamente se acercó a la barra a pedir una coca cola y despejarse un poco.
 Allí estaba la Eusebia, como si se hubiera comprado la entrada en el parque de atracciones para la casa del terror. En caso de no estar allí se hubiera aburrido viendo la televisión a la sobremesa, todas esas mariconas que hablan de la prensa amarilla, todas esas mujeres perfectas y siliconadas que rebotaban al caerse al suelo. Ellas no sabían lo que era el ciberamor con un buen “Macías_Pajas”.
La espera era una desesperación, la coca cola se convirtió en dos y luego en tres y después en cuatro. No llegaba aquel hombre, se pudo echar atrás, demasiadas emociones en dos días.
La Eusebia
sintió una comezón en las tripas, no era ese gusanillo insidioso del amor, no. Entre las burbujas del archiconocido refresco, que me niego a nombrar de nuevo, y las semillas del amor se organizó un cóctel monotoff de órdago en los intestinos de La Eusebia. Como la mujercita no encontrara un baño rápido podría confundirse el sifonazo con una nueva expansión de los universos.
No era momento de hacer una ficha al individuo aquel, éste iba en cueros, que no desnudo sino encuerado. Lo que más le atrajo a La Eusebia del hombre fue su calva reluciente, le era familiar porque le recordaba al suelo de su casa, y eso le acercaba a su tierra natal Panzarriba de donde nunca debió salir. Durante todo el tiempo de espera en la barra La Eusebia, por el rabillo del ojo observaba al camarero, con cierto disimulo pudo ver como este personaje estaba pegado a la pantalla de un portátil, otro asiduo del chat pensó ella. Pero era un ser extraño, a la vez que supuestamente chateaba, miraba recurrentemente hacia la salida del local, con gesto de ansiedad, consultando una y otra vez el reloj que portaba en la muñeca izquierda. En el momento que decidió acercarse al hombre para preguntarle por el baño, este salió de la barra y a trancos salió por la puerta, como un oso en cautiverio paseó calle arriba, calle abajo, una y otra vez. El muchacho tenía un buen culo, pero La Eusebia en este momento no podía pensar en agujeros, sólo en cerrar los dos propios longitudinalmente opuestos no fuera que uno de los dos se abriera a destiempo.
Lo que no podía entender era su instinto gatuno, una curiosidad tal la que le carcomía por dentro de tal forma que se acercó a la pantalla. En ese momento se activó el salvapantallas del pc y en letras grandes de color rojo sobre fondo verde se movía a modo de marquesina una frase “¿Qué maricón del barrio sirve mejor las copas?” a la que sucedió otra marquesina portando la respuesta. En ese momento La Eusebia al leer la siguiente pantalla se mareo. El corazón saltó de su pecho, no sentía las piernas y lo que es peor, su culo simuló la erupción del Vesubio. Simulaban las semillas con lo gaseoso del refresco cola unos fuegos artificiales acompañados con sonoros efluvios. Amenizó el local con una coprofiesta, portando un reguerillo que no tenía fin entre las piernas, de color barrizal, por no ser más escatológica la descripción. Con lo limpia que era La Eusebia, de Panzarriba nada menos. Ya nada le importaba, había tenido a Macías_Pajas delante de ella toda la tarde, era el maricón que mejor servías las copas del barrio y se había cagado del susto.
La Eusebia se marchó volando de allí, tan ágil como la situación lo permitía ya que el suelo estaba algo resbaladizo, por lo del volcán. En la calle hacia arriba se encontró con el maricapajas con el que no medió palabra. El camarero la ignoró, ya que esperaba a su maricón, hirsuto y buen entendedor, pero al roce con aquella vieja tubo que taparse la nariz por el olor hediondo que dejó como una estela. Lo único que obtuvo La Eusebia de la espera fueron los refrescos gratis. A veces el optimismo de esta mujer era inoportuno.
Al día siguiente de lo sucedido La Eusebia fue a media tarde al Faro de la Moncloa.
El resto ya lo saben ustedes. Realmente todo no lo saben. La Eusebia después del fallido intento y de reflexionar en el banco se levantó y se dirigió al cibercafé más cercano. Esta vez sería sincera, más todavía si cabe. Nada de apellidos vulgares como nick, esta vez se llamaría simplemente “LAEUSEBIADE47AÑOSOLTERAENTERAYCASADERA”, entrando al canal “los_desesperados”

YRB

¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres

CUENTO NIVAL

CUENTO NIVAL

Dicen los ancianos del lugar, que un buen día, el zorro del pantano, emergió de las aguas. Se convirtió en oso y siguió el rumbo de la estrella polar. Allí, en el polo, maravillado de la quietud que le abordaba, soñó despierto y sus lágrimas fueron cristales al rodar por el gélido hielo que cubría el suelo. Cuentan también que la lechuza nival, ciega por el dolor de partir hacia la soledad, tomó aquellos hermosos cristales, los puso en las cuencas de sus ojos e iluminaron su vida. Y no sólo eso, porque al izar el vuelo iluminó el cielo con tal gama de colores en movimiento, que lo llamaron aurora boreal.

Encuentro del Totem

Encuentro del Totem

La primera vez que pude contemplar mi cuerpo lívido sobre el hielo ártico.

Mi sueño languidecía cuando se tornaba la noche trémula en llantos de almas inquietas. Vagaban los etéreos cuerpos de aqueste llano solitario, diáfano de calor humano. Sólo el llanto de otro tiempo y desiertas eras poblaban el inhóspito lugar. Acallaba mi mente con el anhelo de una falsa realidad, no es más que el duermevela, me decía. Un mal sueño del que no conseguía despertar.

Ebria mi alma y mi cuerpo de dolor, tal vez en el astral, sólo tal vez, yacía mi cuerpo en tan desolada llanura. La incertidumbre se desvaneció. Sentí correr por el costado un hilo de fuego, que no era más que mi calor humano, mi elixir. Poco a poco recobré mi mente, la cordura por un nimio lapso de tiempo tuvo su lugar en el abismo vertiginoso de lo que era, en ese instante mi vida, fugaz lucero, opaco latir…

Ahora, sólo ahora soy consciente de la cruel escena que aconteció en aquella lejana morada hace unas horas, unos días, unos…tengo frío y mi mente parece pétrea, mi cuerpo no responde a las órdenes, los brazos rígidos como témpanos de hielo, tengo miedo. La sangre sólo arde ya en mi pecho.

Entre la escarcha brinda unas desnudas huellas el frío viento del norte. Límpido el sonido del aire, susurro que nubla la mente fue mi luz en este instante. Un oso polar fue el motivo de mi saeta.

Fiero animal que no dudó en avanzar hacia mi silueta en aquella invernal noche y rasgar con sus pezuñas mis ropas, mi piel y mi alma. Que rabia la mía por no saber el motivo del ataque, no era yo su enemigo, no tiene adversarios este animal en tierras tan… Calla, me vino a la mente aquel día, cerca de la hoguera del lar de la anciana bruja del Somontano, donde al mirarme a los ojos me dijo: tu tótem es el de un zorro ártico.

El viento se aquietó, mi ira se fugó a llanto y más tarde fueron aullidos ahogados.

Ya llega; irisaciones entrelazadas de violetas, verdes y amarillos en el cielo. Ya recuerdo, a eso vine aquí. A volar como un ánima junto a la estrella polar. Me esperan en su armoniosa danza de los fuegos del zorro. Por fin me encuentro, la primera vez que muero.

Autor: iolanthe (YRB)

 

La historia de iolanthe

La historia de iolanthe

Como disfrutaba en mis idas y venidas hacia el bosque. Era mi vida y mi esencia, quería vivir perpetuamente allí, llegar a sentirme parte del entorno de los árboles, de la hojarasca, de la tierra, del rocío… que fragancia se respira en este lugar, mi cuna, mi vida, como anhelaba yo mi segunda morada, después de todo me di cuenta de que los deseos vehementes se cumplen gracias a nuestra voluntad, aunque nunca llegamos a ser conscientes de ello. Aquella doncella, llamada Iolanthe, de vitalidad infinita, marchaba hacia el bosque por la senda más larga, para recolectar bayas, líquenes y plantas aromáticas.

En mi memoria permanece la presencia de la dama, ademanes, poses y ropajes, recuerdo sin omitir ni el más nimio detalle el perfil de tan sutil belleza, no está bien que yo lo diga pero nadie podría confirmar que mintiera. Iolanthe con su frescura acariciaba los ortos en el bosque, el amanecer transcurría día a día ante la presencia de esta lozana doncella con entrega a su labor, recolectaba los mejores frutos del bosque, él mismo se lo otorgaba, confiaba en aquella muchacha sus dones porque aquella fémina simulaba ser un hada de las que allí, a la umbría de las hayas y los quejigos yacía en su mundo onírico para después en la dama noche despertar y realizar sus quehaceres. Iolanthe amarraba al salir de su lar con una cuerda de pita múltiples capazos y cestas que después, una vez cargados de frutos transportaba con una vara de castaño, escondida y simulada en un tronco hueco en el valle de los Quercus, pues era la mejor vara que jamás hubiera usado. Que simpática imagen la de la muchacha alejándose en el bosque con sus capazos llenos, transportados a modo de un mandarín. Los manjares que nos concede Gaia, no son perpetuos, por lo que la doncella iba descubriendo nuevos manjares, respetando siempre los jóvenes brotes del vergel. A veces marchaba por la ladera de los frambuesos, cuando las necesidades requerían de compotas y confituras para celebraciones. A veces caminaba por los bosques de encinas para recoger los líquenes que estas le ofrecían, para males menores de épocas otoñales, ya que en caldos y sopas eran ingrediente fundamental. No siempre lo que recolectaba era para su propio consumo, pues disfrutaba viendo comer a los jabatos los hayucos que la muchacha recogía, cuando pasaba por el bosque de las hayas, respetable aquel templo de especies amantes de la embriagadez que produce la humedad. Sentires, actos y vivencias, todas aquellas pequeñas cosas del momento, posibles tareas rutinarias en las que Iolanthe se fundía y respiraba, inhalaba aquellas esencias pletóricas de vida y se oía un silencio que dejaba a nuestra dama absorta en aquel lapso de tiempo, aquel espacio llenaba su corazón de plenitud que se podía traducir en euforia, con lágrimas en el rostro que feliz era en aquel espacio. Cuando el ocaso sorprendía a la muchacha con su luz rosácea, ésta regresaba a su hogar, con la mente distraída pensando que algún día aquel sería su único espacio para estar, ser y permanecer y así lo deseó siempre.Aquel día era diferente, nuestra muchacha estaba distraída, cansada decidió dormitar unos instantes al lado del lago, oquedad que surgía de la nada, que la nada conservaba en el fondo, que los dueños eran los peces que nadaban. Y Iolanthe soñaba con aquel mundo acuático mientras reposaba al lado del lago, pero le sorprendió la luna. Aquella noche las sombras y los ruidos se confundían con seres fantásticos, de forma que cuando la dama despertó y se desperezó frotándose con sus delicadas manos los párpados, vislumbró en la otra orilla del lago una silueta nada común en el bosque. Un ser de luz, un ser que todo el mundo habla de él y nadie ha visto jamás, que su cuerpo era del color de la luna y resplandecía entre las sombras como un rayo, como una luciérnaga. Al acercarse al agua Iolanthe acarició con la mirada la belleza que portaba aquel ser. Mensajero de tierra extranjera, portador de un gran cuerno que es símbolo de santidad y castidad. Aquel animal sagrado se arrimó a la cascada que alimenta el lago para allí, calmar la sed con su rostro bien alto; es así como purificó el agua de aquel estanque, del que amenazaban ahora grandes olas al resto del bosque de probables inundaciones de amor, de pasión o de locura. El lago cobró vida y entre sollozos y alegrías habló después de la perpetua eternidad, de todos los tiempos quería quejarse de aquel ensueño, pero sólo dijo una palabra, sólo una y después calló. Asombrada Iolanthe reflexionó por lo allí acontecido en un breve lapso de tiempo, que podrían haber ocupado varias vidas y planetas, o quedar siempre en el olvido. De fango quedó cubierta toda la hojarasca que al borde de nuestro lago se hallaba y de un eco untuoso que repetía la palabra, destino, eso era, destino, sólo eso dijo, destino.... Si, el unicornio, criatura sin morada fija o tal vez aquella era su morada, su refugio, ¿que tiempos eran aquellos que aquel ser debía esconderse? Ella danzó con sus pies diminutos, descalza entre las acículas, tomando un baño de lodo, para calmar el fuego que portaban sus pies, y así se acercó a la criatura, fue así como su aliado en aquella era, en aquel espacio, se presentó ante la dama mientras sollozaba entre rubores de su tez lánguida, tras correr, como la llama hacia el encuentro con el ser. Iolanthe más que mostrar su encanto al comenzar el encuentro, mostró su timidez, con un tartamudeo que envolvía la delicada voz de la muchacha en un trémulo vibrar ensortijado.

- Hermoso ser, decidme porque en este tiempo y lugar, ¿estáis hoy? -por fin Iolanthe balbuceó una frase que daba mucho para hablar.

- Me llaman Alollium, pertenezco al clan de los Onirus, casa de los Karkadam, nómada de eras, mensajero sin morada fija en tierras extrañas. Hermanos fieles de los Junipiem, ya exterminados por el hombre.- Estas últimas palabras sumieron al animal en una extrema tristeza, inundaron en lágrimas los grandes ojos del animal.

Muchos recuerdos de aquellos grandes portadores de poder le rondaban la cabeza a aquel casto ser. La dama se acercó a Alollium, le susurró al odio palabras ya olvidadas por las gentes, llenas de magia, llenas de ilusión quebrantadora de luchas y dolor. Palabras huecas para el ignorante, sílabas de calma contenida para Iolanthe. Aludían, en otro idioma para ella misma desconocido, al esbozo del lago, al retazo de vida que cobró aquella poza en unos instantes, sólo dijo destino, sólo eso dijo… Descendió la cabeza Alollium consternado por evocados recuerdos que arropaban su corazón. La daga de la mano del hombre truncó en otra era el mismo destino de los unicornios. El polvo de sus marfiles era el secreto anhelado, elixir de lo divino.Levantó el rostro, despertó de su pesadilla tras oler el aroma a tierra mojada y recordó la belleza del planeta azul, de la danza de la doncella, del ceño de la vida abrazada al ritmo de la danza, de sus rizos, del cariño de la dama por su amada Tierra. Si te digo mi niña el motivo de mi presencia aquí- Alollium habla con voz queda, grabadas secas lágrimas en su rostro- no sería merecedor de tu compañía. Cuenta amigo, yo te escucho, portado de amor, nada malo aprecio en tus ademanes, aunque nunca antes hablé con un ser fantástico. El mundo de las hadas me vigila y algo me contó de tu mundo. No pudo la niña evitar acariciar el sedoso pelaje de tan honorable animal, como la seda, como el satén, como…Se dio cuenta Iolanthe de la textura al cerrar los ojos, como el musgo era, así sonaba en sus dedos.Si aquí estoy, no es casual. Oteé desde mi casa tus idas y venidas en aqueste lugar, tu lar. Un lucero descubrí, como tal luciérnaga que vibra entre hayas, quejigos y espinos. Un celestino lago fue mi cayado, mi confidente y a cambio su agua prometí purificar. Así obré, pero no contento me pide ahora que le dé el habla, soy dadivoso pero sería una ofensa para mi pueblo conceder tales honores al medio que te lleva a otros medios, emitir juicios es su idea y atrevimiento. Ahora, ya cansado, me sumo en una encrucijada desafiante. Sólo vengo a hacerte daño, soy ruin, tú me has brindado hospitalidad y con ello he de recompensarte, nada más. Pídeme niña lo que anhelas, yo Alollium, del clan de los Onirus, casa de Karkadam te concedo lo que oses obtener. En verdad que la dama desconfiaba ahora de aquel animal de cuatro patas, pita era lo que portaba ahora su crin, su rabia era deleznable con aquel ser, no podía contener el oido de sus entrañas hacia Alollium. La niña reflexionó sobre su origen, el de ella, no era más que una oriunda humana, no podía ser tan honesta, tan noble y comprensiva. La cuestión es que no se amedrentó por tales pensamientos, si un ser puro y casto como el unicornio vino a Gaia con rabia y dolor para vengar a sus hermanos los Junipiem, también podría ella hacer uso de tales principios. La ilusión de antaño se desvaneció, es posible que un cruce de palabras pueda arrebatar a Iolanthe el amor traslúcido e imperioso, toda una vida hizo cumbre en el dolor, su ofrecimiento al unicornio le desveló el sentido de la humanidad, o más bien de la vida, del cosmos: La fragilidad. Delgada armonía que algunos seres desconocían y nuestra dama, en aquella luminosa noche, en la que las ondas del lago desaparecieron cuando Iolanthe despertó de un ensueño, de una realidad que no era menos real por vivirla en la soledad, ella la descubrió aquí y ahora, la fragilidad. Un cuento era ese momento, un espejismo de su libre albedrío el ofrecimiento de aquel ser, la venganza que los dioses, seres estos también que creen ser justos, aquí y ahora hacían pagar a alguien ajeno al oficio del hombre de acabar con la vida de los castos y puros.Transcurrido un tiempo en el que la dama y el unicornio permanecían estáticos frente al lago, la oquedad reflexionó sobre sus últimas acciones. Entregó el espíritu de natura, su lar, a un ser de doble cara, por pura ambición. La vida esta llena de entregas por sutiles propuestas de finales colosales para según quién. Era el momento de solicitar al unicornio lo anhelado por la dama, implicaba valentía dejar su especie, no había más elección. Destino, eso dijo el lago y así sería. Conviérteme en musgo Alollium, ese es mi destino. Sólo hay una forma de vigilar eternamente este espacio que amo, integrarme en la naturaleza. Los albores me cuidaran a mi mientras yo presencio el fluir de los días, de los años, de los lustros y más…-Dicho lo que vagamente recuerdo, iolanthe lloró, rodaron tantas lágrimas por su rostro que inundó la hojarasca que yacía a sus pies. El unicornio relinchó como un asno de dolor por lo que allí acontecía, tal vez por su culpa, tal vez por el destino de la dama. Su hermosura se desvanecería en cuestión de momentos, quiso contemplarla de nuevo, su amor por ella sería eterno también, como la presencia del ser que encarnaría Iolanthe. Como los sortilegios de los demás cuentos, hicieron su cometido, un canto susurró Alollium, tras una estela dorada la metamorfosis de la dama se redujo a un simple rizoma. Las lágrimas antes derramadas lubricaron mi esponjoso cuerpo, allí yacía yo, entre la hojarasca, encima de la roca a la que hice envejecer, con la que conviviría siempre, junto a líquenes que apremiaron mi llegada con ilusión y calor. Allí estaba yo, nada queda de la dama, sólo el musgo de la roca al lado del lago, mi destino era aquel y así lo viví.

YRB (iolanthe)

¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres