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Cajón de sastre de enfermera con tiempo libre

A DONDE IRAN LOS BESOS

A DONDE IRAN LOS BESOS Allí a lo lejos aprecio la silueta de una nave abandonada. Cruzo la calle y poco a poco reconozco algo más. Una marquesina con obsoletos rótulos en neón. Esta lejos todavía, entorno los ojos (… la miopía, no tengo ojo avizor, no…) y puedo leer Talía, bonito nombre para un club de alterne. A trancos me acerco sin demora, por la gran curiosidad que me suscita el lugar, voy descubriendo poco a poco la fachada de aquel antro. La taquilla, sin cristalera, con una pequeña puerta y un alfeizar lo delata. La caja de los Lumiere en San Julián, ubicado allí, como las ruinas de una acrópolis. Inamovible ese espacio patagón  colmado de ilusiones improntas en el tiempo que vivieron como el mayor acontecimiento los niños, los enamorados, los ancianos… tan olvidado ahora.
El Talía frente a mí. Queda oculta  la puerta por unos viejos  andamios que a saber cuantos años llevan ahí. La puerta entreabierta, sólo se muestra un resquicio de luz. Fugaces mis pensamientos, atisbo a ambos lados, intuyo sombras. Subrepticiamente me deslizo cual felino entre las oxidadas vigas y me cuelo en el aforo del cine.
Butacas amontonadas al fondo, cerca de una pantalla cubierta por las famélicas faldas de un telón, como de los de antes. Por la luz trémula que aborda el cine me choco con el respaldo de una butaca. La número 56, ¡vaya! que aforo grande tenía este cine, dicha butaca se localizaba en el cuadrante izquierdo de la sala, por lo menos debería llegar a 300 asientos. Esta butaca intacta por el tiempo, con el terciopelo de la tapicería de color Burdeos. Eso quiero pensar, seguramente era de color rojo geranio, o aún mejor de color carmesí. Como aquellos labios de las actrices en las películas en blanco y negro coloreadas a posteriori. Labios que hipnotizaban en el transcurso del film, de Bette Davis en “Eva al desnudo”, Rita Hayworth en “Gilda”, Anita Ekberg en  “Dolce vita”…
Ahora sentada aquí a solas frente a la gran pantalla me siento Mia Farrow, en aquella película “La rosa púrpura del cairo”. La escena en la que  el protagonista vestido de explorador sale de la pantalla para interrogarme por ir allí al cine todos los días a ver la película. El personaje cansado de la vida superficial del celuloide y de tantas proyecciones salta de la pantalla y se fuga con la eterna espectadora.
Sigo ahora con los ojos entornados, podría estar allí indefinidamente, se respira quietud.
 No llega el momento de la puesta en marcha de  la moviola. Suspiro, en el aire se respiran sensaciones vividas aquí por varios lustros.
Ahora recuerdo “Cinema Paradiso”. Un cine como el  Talía en una aldea italiana. Un niño llamado Toto comparte el amor por las películas con su amigo Alfredo, el operador del cine. Se asemeja a mi amigo Hílmar, aquí en San Julián, con su ilusión por esta gran terapia y escuela que es el celuloide. Recuerdo el momento en que Toto descubre aquella cinta en la que aparecen todos los besos censurados de las películas proyectadas en aquella aldea.
A donde irán esos besos, como dice Víctor Manuel en su canción:

A donde irán los besos
Que  guardamos,
Que no damos,
Bailando con la orquesta
Prometimos no olvidarlos
….
En ese momento se abre la puerta y entra alguien. Me levanto de la butaca y contemplo la silueta de alguien que no puede ser más que él. Negroviejo (mi amigo Hílmar) se acerca con una tenue sonrisa en sus labios y comprendo que sé cual es el destino de mi beso.

 

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1 comentario

Nekane_25 -

Tu escrito del antiguo cine me trae recuerdos a su vez de aquél cine de sesión doble dónde veía películas sola y comenzaba a soñar.

Tu narrativa la definiría como prosa poética. Con tus letras al lector le transportas a otro lugar en el cual soñar... Vivencias de niñez, o juventud con tus magníficas descripciones.

Sigue escribiendo, te leeré a ratos. Yo soy una simple aprendiz pero... prometo aprender.

Un saludo desde la capi.
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