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Cajón de sastre de enfermera con tiempo libre

fantástico

UrGe AyUdA

UrGe AyUdA

Soy Luis, médico internista que volvió hace poco a su trabajo, un hospital de mil camas, tras una aventura en el Amazonas para instaurar un programa de vacunación en un pequeño poblado de la selva.
Desde hace días vivo en el depósito de cadáveres del hospital. Estoy peor que muerto; sin más pistas me declaro zombi. Las prácticas de aquella aldea con mi persona me llevan a concluir que las vacunas no fueron aceptadas por sus habitantes.
Mi vocación desde los 16 años, entonces ya curaba pájaros caídos de los árboles, ha consistido en salvar vidas. Sólo mueven mi existencia los principios hipocráticos; por esto decidí esconderme en mi rincón de la morgue. No hago ningún mal; tomo prestados miembros, vísceras y anejos que nadie echará en falta. Exceptuando el ojo de cristal de un septuagenario con valor sentimental para la viuda que tragué por descuido. En ningún momento consideré la posibilidad de ahogamiento. Los múltiples intentos de autolisis han fallado.
El peor bocado, la placa de ateroma generalizada de un varón de cincuenta años con obesidad mórbida y mil condicionantes más; el mejor, la glándula mamaria sana de Anita, de dieciocho, mi amor platónico.
El motivo del aviso en la cafetería: necesito urgentemente un bidón de gasolina y una cerilla. Gracias.

YRB.-

 

(Cuento seleccionado en el II concurso de microrrelatos “Cuentos oscuros” organizado por Ojos Verdes Ediciones)

 

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CUENTO NIVAL

CUENTO NIVAL

Dicen los ancianos del lugar, que un buen día, el zorro del pantano, emergió de las aguas. Se convirtió en oso y siguió el rumbo de la estrella polar. Allí, en el polo, maravillado de la quietud que le abordaba, soñó despierto y sus lágrimas fueron cristales al rodar por el gélido hielo que cubría el suelo. Cuentan también que la lechuza nival, ciega por el dolor de partir hacia la soledad, tomó aquellos hermosos cristales, los puso en las cuencas de sus ojos e iluminaron su vida. Y no sólo eso, porque al izar el vuelo iluminó el cielo con tal gama de colores en movimiento, que lo llamaron aurora boreal.

Encuentro del Totem

Encuentro del Totem

La primera vez que pude contemplar mi cuerpo lívido sobre el hielo ártico.

Mi sueño languidecía cuando se tornaba la noche trémula en llantos de almas inquietas. Vagaban los etéreos cuerpos de aqueste llano solitario, diáfano de calor humano. Sólo el llanto de otro tiempo y desiertas eras poblaban el inhóspito lugar. Acallaba mi mente con el anhelo de una falsa realidad, no es más que el duermevela, me decía. Un mal sueño del que no conseguía despertar.

Ebria mi alma y mi cuerpo de dolor, tal vez en el astral, sólo tal vez, yacía mi cuerpo en tan desolada llanura. La incertidumbre se desvaneció. Sentí correr por el costado un hilo de fuego, que no era más que mi calor humano, mi elixir. Poco a poco recobré mi mente, la cordura por un nimio lapso de tiempo tuvo su lugar en el abismo vertiginoso de lo que era, en ese instante mi vida, fugaz lucero, opaco latir…

Ahora, sólo ahora soy consciente de la cruel escena que aconteció en aquella lejana morada hace unas horas, unos días, unos…tengo frío y mi mente parece pétrea, mi cuerpo no responde a las órdenes, los brazos rígidos como témpanos de hielo, tengo miedo. La sangre sólo arde ya en mi pecho.

Entre la escarcha brinda unas desnudas huellas el frío viento del norte. Límpido el sonido del aire, susurro que nubla la mente fue mi luz en este instante. Un oso polar fue el motivo de mi saeta.

Fiero animal que no dudó en avanzar hacia mi silueta en aquella invernal noche y rasgar con sus pezuñas mis ropas, mi piel y mi alma. Que rabia la mía por no saber el motivo del ataque, no era yo su enemigo, no tiene adversarios este animal en tierras tan… Calla, me vino a la mente aquel día, cerca de la hoguera del lar de la anciana bruja del Somontano, donde al mirarme a los ojos me dijo: tu tótem es el de un zorro ártico.

El viento se aquietó, mi ira se fugó a llanto y más tarde fueron aullidos ahogados.

Ya llega; irisaciones entrelazadas de violetas, verdes y amarillos en el cielo. Ya recuerdo, a eso vine aquí. A volar como un ánima junto a la estrella polar. Me esperan en su armoniosa danza de los fuegos del zorro. Por fin me encuentro, la primera vez que muero.

Autor: iolanthe (YRB)

 

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La historia de iolanthe

La historia de iolanthe

Como disfrutaba en mis idas y venidas hacia el bosque. Era mi vida y mi esencia, quería vivir perpetuamente allí, llegar a sentirme parte del entorno de los árboles, de la hojarasca, de la tierra, del rocío… que fragancia se respira en este lugar, mi cuna, mi vida, como anhelaba yo mi segunda morada, después de todo me di cuenta de que los deseos vehementes se cumplen gracias a nuestra voluntad, aunque nunca llegamos a ser conscientes de ello. Aquella doncella, llamada Iolanthe, de vitalidad infinita, marchaba hacia el bosque por la senda más larga, para recolectar bayas, líquenes y plantas aromáticas.

En mi memoria permanece la presencia de la dama, ademanes, poses y ropajes, recuerdo sin omitir ni el más nimio detalle el perfil de tan sutil belleza, no está bien que yo lo diga pero nadie podría confirmar que mintiera. Iolanthe con su frescura acariciaba los ortos en el bosque, el amanecer transcurría día a día ante la presencia de esta lozana doncella con entrega a su labor, recolectaba los mejores frutos del bosque, él mismo se lo otorgaba, confiaba en aquella muchacha sus dones porque aquella fémina simulaba ser un hada de las que allí, a la umbría de las hayas y los quejigos yacía en su mundo onírico para después en la dama noche despertar y realizar sus quehaceres. Iolanthe amarraba al salir de su lar con una cuerda de pita múltiples capazos y cestas que después, una vez cargados de frutos transportaba con una vara de castaño, escondida y simulada en un tronco hueco en el valle de los Quercus, pues era la mejor vara que jamás hubiera usado. Que simpática imagen la de la muchacha alejándose en el bosque con sus capazos llenos, transportados a modo de un mandarín. Los manjares que nos concede Gaia, no son perpetuos, por lo que la doncella iba descubriendo nuevos manjares, respetando siempre los jóvenes brotes del vergel. A veces marchaba por la ladera de los frambuesos, cuando las necesidades requerían de compotas y confituras para celebraciones. A veces caminaba por los bosques de encinas para recoger los líquenes que estas le ofrecían, para males menores de épocas otoñales, ya que en caldos y sopas eran ingrediente fundamental. No siempre lo que recolectaba era para su propio consumo, pues disfrutaba viendo comer a los jabatos los hayucos que la muchacha recogía, cuando pasaba por el bosque de las hayas, respetable aquel templo de especies amantes de la embriagadez que produce la humedad. Sentires, actos y vivencias, todas aquellas pequeñas cosas del momento, posibles tareas rutinarias en las que Iolanthe se fundía y respiraba, inhalaba aquellas esencias pletóricas de vida y se oía un silencio que dejaba a nuestra dama absorta en aquel lapso de tiempo, aquel espacio llenaba su corazón de plenitud que se podía traducir en euforia, con lágrimas en el rostro que feliz era en aquel espacio. Cuando el ocaso sorprendía a la muchacha con su luz rosácea, ésta regresaba a su hogar, con la mente distraída pensando que algún día aquel sería su único espacio para estar, ser y permanecer y así lo deseó siempre.Aquel día era diferente, nuestra muchacha estaba distraída, cansada decidió dormitar unos instantes al lado del lago, oquedad que surgía de la nada, que la nada conservaba en el fondo, que los dueños eran los peces que nadaban. Y Iolanthe soñaba con aquel mundo acuático mientras reposaba al lado del lago, pero le sorprendió la luna. Aquella noche las sombras y los ruidos se confundían con seres fantásticos, de forma que cuando la dama despertó y se desperezó frotándose con sus delicadas manos los párpados, vislumbró en la otra orilla del lago una silueta nada común en el bosque. Un ser de luz, un ser que todo el mundo habla de él y nadie ha visto jamás, que su cuerpo era del color de la luna y resplandecía entre las sombras como un rayo, como una luciérnaga. Al acercarse al agua Iolanthe acarició con la mirada la belleza que portaba aquel ser. Mensajero de tierra extranjera, portador de un gran cuerno que es símbolo de santidad y castidad. Aquel animal sagrado se arrimó a la cascada que alimenta el lago para allí, calmar la sed con su rostro bien alto; es así como purificó el agua de aquel estanque, del que amenazaban ahora grandes olas al resto del bosque de probables inundaciones de amor, de pasión o de locura. El lago cobró vida y entre sollozos y alegrías habló después de la perpetua eternidad, de todos los tiempos quería quejarse de aquel ensueño, pero sólo dijo una palabra, sólo una y después calló. Asombrada Iolanthe reflexionó por lo allí acontecido en un breve lapso de tiempo, que podrían haber ocupado varias vidas y planetas, o quedar siempre en el olvido. De fango quedó cubierta toda la hojarasca que al borde de nuestro lago se hallaba y de un eco untuoso que repetía la palabra, destino, eso era, destino, sólo eso dijo, destino.... Si, el unicornio, criatura sin morada fija o tal vez aquella era su morada, su refugio, ¿que tiempos eran aquellos que aquel ser debía esconderse? Ella danzó con sus pies diminutos, descalza entre las acículas, tomando un baño de lodo, para calmar el fuego que portaban sus pies, y así se acercó a la criatura, fue así como su aliado en aquella era, en aquel espacio, se presentó ante la dama mientras sollozaba entre rubores de su tez lánguida, tras correr, como la llama hacia el encuentro con el ser. Iolanthe más que mostrar su encanto al comenzar el encuentro, mostró su timidez, con un tartamudeo que envolvía la delicada voz de la muchacha en un trémulo vibrar ensortijado.

- Hermoso ser, decidme porque en este tiempo y lugar, ¿estáis hoy? -por fin Iolanthe balbuceó una frase que daba mucho para hablar.

- Me llaman Alollium, pertenezco al clan de los Onirus, casa de los Karkadam, nómada de eras, mensajero sin morada fija en tierras extrañas. Hermanos fieles de los Junipiem, ya exterminados por el hombre.- Estas últimas palabras sumieron al animal en una extrema tristeza, inundaron en lágrimas los grandes ojos del animal.

Muchos recuerdos de aquellos grandes portadores de poder le rondaban la cabeza a aquel casto ser. La dama se acercó a Alollium, le susurró al odio palabras ya olvidadas por las gentes, llenas de magia, llenas de ilusión quebrantadora de luchas y dolor. Palabras huecas para el ignorante, sílabas de calma contenida para Iolanthe. Aludían, en otro idioma para ella misma desconocido, al esbozo del lago, al retazo de vida que cobró aquella poza en unos instantes, sólo dijo destino, sólo eso dijo… Descendió la cabeza Alollium consternado por evocados recuerdos que arropaban su corazón. La daga de la mano del hombre truncó en otra era el mismo destino de los unicornios. El polvo de sus marfiles era el secreto anhelado, elixir de lo divino.Levantó el rostro, despertó de su pesadilla tras oler el aroma a tierra mojada y recordó la belleza del planeta azul, de la danza de la doncella, del ceño de la vida abrazada al ritmo de la danza, de sus rizos, del cariño de la dama por su amada Tierra. Si te digo mi niña el motivo de mi presencia aquí- Alollium habla con voz queda, grabadas secas lágrimas en su rostro- no sería merecedor de tu compañía. Cuenta amigo, yo te escucho, portado de amor, nada malo aprecio en tus ademanes, aunque nunca antes hablé con un ser fantástico. El mundo de las hadas me vigila y algo me contó de tu mundo. No pudo la niña evitar acariciar el sedoso pelaje de tan honorable animal, como la seda, como el satén, como…Se dio cuenta Iolanthe de la textura al cerrar los ojos, como el musgo era, así sonaba en sus dedos.Si aquí estoy, no es casual. Oteé desde mi casa tus idas y venidas en aqueste lugar, tu lar. Un lucero descubrí, como tal luciérnaga que vibra entre hayas, quejigos y espinos. Un celestino lago fue mi cayado, mi confidente y a cambio su agua prometí purificar. Así obré, pero no contento me pide ahora que le dé el habla, soy dadivoso pero sería una ofensa para mi pueblo conceder tales honores al medio que te lleva a otros medios, emitir juicios es su idea y atrevimiento. Ahora, ya cansado, me sumo en una encrucijada desafiante. Sólo vengo a hacerte daño, soy ruin, tú me has brindado hospitalidad y con ello he de recompensarte, nada más. Pídeme niña lo que anhelas, yo Alollium, del clan de los Onirus, casa de Karkadam te concedo lo que oses obtener. En verdad que la dama desconfiaba ahora de aquel animal de cuatro patas, pita era lo que portaba ahora su crin, su rabia era deleznable con aquel ser, no podía contener el oido de sus entrañas hacia Alollium. La niña reflexionó sobre su origen, el de ella, no era más que una oriunda humana, no podía ser tan honesta, tan noble y comprensiva. La cuestión es que no se amedrentó por tales pensamientos, si un ser puro y casto como el unicornio vino a Gaia con rabia y dolor para vengar a sus hermanos los Junipiem, también podría ella hacer uso de tales principios. La ilusión de antaño se desvaneció, es posible que un cruce de palabras pueda arrebatar a Iolanthe el amor traslúcido e imperioso, toda una vida hizo cumbre en el dolor, su ofrecimiento al unicornio le desveló el sentido de la humanidad, o más bien de la vida, del cosmos: La fragilidad. Delgada armonía que algunos seres desconocían y nuestra dama, en aquella luminosa noche, en la que las ondas del lago desaparecieron cuando Iolanthe despertó de un ensueño, de una realidad que no era menos real por vivirla en la soledad, ella la descubrió aquí y ahora, la fragilidad. Un cuento era ese momento, un espejismo de su libre albedrío el ofrecimiento de aquel ser, la venganza que los dioses, seres estos también que creen ser justos, aquí y ahora hacían pagar a alguien ajeno al oficio del hombre de acabar con la vida de los castos y puros.Transcurrido un tiempo en el que la dama y el unicornio permanecían estáticos frente al lago, la oquedad reflexionó sobre sus últimas acciones. Entregó el espíritu de natura, su lar, a un ser de doble cara, por pura ambición. La vida esta llena de entregas por sutiles propuestas de finales colosales para según quién. Era el momento de solicitar al unicornio lo anhelado por la dama, implicaba valentía dejar su especie, no había más elección. Destino, eso dijo el lago y así sería. Conviérteme en musgo Alollium, ese es mi destino. Sólo hay una forma de vigilar eternamente este espacio que amo, integrarme en la naturaleza. Los albores me cuidaran a mi mientras yo presencio el fluir de los días, de los años, de los lustros y más…-Dicho lo que vagamente recuerdo, iolanthe lloró, rodaron tantas lágrimas por su rostro que inundó la hojarasca que yacía a sus pies. El unicornio relinchó como un asno de dolor por lo que allí acontecía, tal vez por su culpa, tal vez por el destino de la dama. Su hermosura se desvanecería en cuestión de momentos, quiso contemplarla de nuevo, su amor por ella sería eterno también, como la presencia del ser que encarnaría Iolanthe. Como los sortilegios de los demás cuentos, hicieron su cometido, un canto susurró Alollium, tras una estela dorada la metamorfosis de la dama se redujo a un simple rizoma. Las lágrimas antes derramadas lubricaron mi esponjoso cuerpo, allí yacía yo, entre la hojarasca, encima de la roca a la que hice envejecer, con la que conviviría siempre, junto a líquenes que apremiaron mi llegada con ilusión y calor. Allí estaba yo, nada queda de la dama, sólo el musgo de la roca al lado del lago, mi destino era aquel y así lo viví.

YRB (iolanthe)

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