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Yo no sé muchas cosas, es verdad. Digo tan sólo lo que he visto. Y he visto: Que los gritos de angustia del hombre los ahogan con cuentos… Que el llanto del hombre lo taponan con cuentos… Que los huesos del hombre los entierran con cuentos… Y el miedo del hombre Ha inventado todos los cuentos. Yo sé muy pocas cosas, es verdad. Pero me he dormido con todos los cuentos… Y sé todos los cuentos.
LEON FELIPE (1884)
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 Sutílmente, mojándose los labios y tragando saliva aproximó su cabeza a la verga, ahora flácida. Ella sabía que transmitiría su ilusión en un abrir y cerrar de ojos al miembro solitario. Al introducir el falo en la boca sintió una desazón, demasiado contenido para tan pequeño continente. Pero sus glándulas salivares empezaron a funcionar, trato de evitar las náuseas, relajó la epiglotis, respiró profundamente y ese fue el empujón que necesitaba para realizar el movimiento mecánico que debía ejercer si quería obtener su recompensa. Con los dientes escondidos y una lengua juguetona, el glande quedaba desnudo. Se intuía un leve susurro que procedía de más arriba, del propietario del instrumento agraciado, se convirtió más tarde en un jadeo. Tomó la fémina con sus diminutas manos los testículos del propietario de la herramienta. Los frotó contra su rostro y lamió hasta quedarse seca, mientras las manos buscaban más arriba el vello púbico del individuo. La verga seguía pletórica, aun a sabiendas de las ausencias de las caricias y babas de la dama. Los cuerpos cavernosos deseosos, llenos de la sal de la vida, para las vampiresas. Llegó el momento estelar, subes y bajas acompasados, alaridos y más alaridos. Asciende ferviente por un canal de fuego el bindú, el semen, la leche vaporosa y blanquecina.... Ahora siguen los gemidos, vibran al ritmo del corazón.
YRB
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